Con el buda a cuestas

CAMBOYA. Camboya me recordaba la selva boliviana, campos encharcados, casas a modo de palafitos para protegerse de la humedad, chozas de caña. búfalos arando en los arrozales, los ferries atravesando los grandes ríos, ahora el Mekong. Y llovía, llovía ininterrumpidamente, pero no tenía excesiva importancia, la vida seguía igual, la lluvia no interrumpía ninguna tarea en este país.

Ahora seguía el itinerario de Pierre Lotti camino de Angkor. Es su encuentro con el bosque devorador de ciudades; la selva, los grandes ficus, abrazan los sillares y los templos hasta deglutirlos y convertirlos a la realidad de un tiempo que se ríe irónico de la arrogancia humana. Troncos entre cuyos dedos Angkor duerme su sueño húmedo, entre cuyas manos estrangula el tiempo a los dioses, a sus pedestales de piedra, en canal exudando abiertos la efímera eternidad que administra la muerte con nuestros restos. Rueda por los valles de las montañas viejas el rumor de una vanidad que no encuentra apenas el eco de su voz entre los guijarros viejos, un Indo que socava la tierra y que convierte en desierto los Olimpos de todos los tiempos. Reptan la verdioscura mampostería de los templos grandes serpientes de fábula que resquebrajan los sillares y siembran de caos y misterio la selva, la vanidad de los hombres, sus dioses todos, dormidos hoy como niños abandonados a la espera de hombre o mujer que quiera mecerlos en sus brazos. Niños chicos todos que la soledad y la muerte crearon para darse ellas mismas alojo.

De Angkor nacerá el proyecto de transformar el dormitorio de mi casa en bosque, jungla, templo budista, sin olvidar la figura omnipresente de las Apsaras danzando siglo tras siglo en los bajorrelieves de ésta ciudad mítica. Mi cuaderno de notas se llenó en aquellos días con los diseños que me sugerían la emocionada visita a algunos lugares de la jungla, y especialmente aquella parte de Angkor que era devorada por árboles y raíces. Cuando me disponía a abandonar Siem Reap, había ya en mi cabeza un proyecto avanzado de lo que sería aquella habitación. En ella no podría faltar la enigmática expresión del buda ni la elástica figura de aquella cortesana que los muros de Angkor repetían en todas las ramificaciones de sus templos.

Así pues, a última hora se habían añadido a mi equipaje dos grandes paquetes. Uno, de casi un metro de largo, otro, de un poco menos pero mas grueso. Me dije: bueno, de todas maneras, salgo de aquí... trayecto directo a Bangkok, lo dejo en el hotel y más tarde, un taxi al aeropuerto soluciona el problema del transporte... Todo aparentemente muy fácil.

Arrancamos. No muy lejos de Siem Reap (Angkor) el asfalto desaparece, queda una cuarta parte del país por delante, el minibús debe llevar años sin suspensión, se parece al Toyota de su inestable y amorosa Osita. Enormes socavones surcan la pista como si de la superficie lunar se tratara. Unos kilómetros más adelante la carretera queda en un ancho de apenas dos metros. La estación de las lluvias deja el campo inundado, en algún momento la carretera desaparece bajo el agua, el conductor arremete valientemente timón en mano la travesía; yo le miro la cara, nada, impasible, una ligera sonrisa, como si fuera pensando en su novia o en el chiste que le contaron durante el desayuno. Tras una corta tregua aparece el barro, grandes rodadas hundidas alternativamente en uno y otro lado de la pista forman un barrizal sólo apto para el paso de elefantes; pero nada, el conductor apenas si hace un gesto, el minibús escora a estribor, escora por estribor, se le hunde el culo, resbala, el motor ruge y poco a poco, con ligeros resoplidos acompañados de resbalones, termina por alzarse sobre el talud de barro de la parte opuesta. El argumento se repite durante horas.

Los niños de todas las aldeas salen a la pista con una emoción y una sonrisa esplendorosa a cantar su bye-bye. Cabañas de paja, alguna casa, carros, agua, barro, mas barro. Por delante asoma una larguísima caravana de camiones. Paramos, se baja el conductor, echa un vistazo hacia el principio de la fila y vuelve a subir, arranca y tira por el carril de la izquierda; sobrepasamos a treinta o cuarenta camiones, llegamos al puente, detiene el vehículo, evalúa la situación, calcula. Al puente de hierro le falta una segunda mitad en sentido longitudinal, no se ve; cuando el minibús avanza se puede observar que parte de la estructura se ha derrumbado y a partir del medio, después de un brusco cambio de rasante marcado por el hundimiento, la pista se ha transformado en un peligrosísimo plano inclinado que por supuesto el minibús atraviesa con decisión pero con los huevos de los pasajeros a la altura del cuello. La ley de la gravedad desplaza a todo el mundo ahora peligrosamente hacia babor.

Después variaciones sobre el mismo tema. Nueva parada, asomo la cabeza por la ventanilla, enfrente hay otra interminable fila de camiones, esta vez mucho mas larga que la anterior. Me bajo junto a otros pasajeros, labor exploratoria; después de doscientos metros aparece un puente y un trajín de gente que sube arena y piedras hasta una enorme hormigonera que lo cruza de parte a parte. Un numeroso grupo de hombres y mujeres atraviesan el río por un vado con el agua hasta la cintura empujando un par de carros a través de la corriente. Me imagino esperando que fragüe el cemento para poder pasar. Un rompecabezas que no logro descifrar. Mientras tanto me dedico a lo mío, el reportaje fotográfico de la ocasión no se hace esperar; mi cámara recorre los rostros de la gente del país, de los niños, de los acarreadores de graba, de las incidencias del río que ruge achocolatado allá abajo. Pero de pronto el corazón me da un brinco, sea lo que sea están los paquetes, sí, los paquetes, casi dos metros de paquetes si se pone uno a continuación del otro. Si me subo a ellos puedo hacer una balsa y atravesar el río sobre ella, pienso. Eso veo hacer a muchos pasajeros, coger el petate, arremangarse y meterse en el río; después de todo la idea no es tan mala. Dos estructuras de hierro lo cruzan de parte a parte, ayudando al miedo a protegerse contra la corriente, que es muy fuerte en el centro. Otro problema añadido, la cercana frontera la cierran un par de horas mas tarde. Ya me veo con mi balsa-paquete transformándola en un paquete-vivac al pie de la frontera. No sería la primera vez, que ya me tocó pasar la noche a cuatro mil metros de altura en un gélido collado de los Andes a la espera de que abrieran el garito de la aduana.

¡Oh!, pero basta de bromas, cuando llego al minibús, observo que la mitad de los pasajeros han recuperado sus pertenencias y se dirigen al puente. Oigo que van a cruzar el río y que en el otro lado tratarán de encontrar un motocarro para llegar a tiempo a la frontera. Estoy desorientado, me imagino arrastrando mis delicados envoltorios por medio mundo, a través del barro, caminando en la noche como en un mal sueño. El río, el camino, la frontera, un puente, la otra frontera y buscar un hotel en la noche, si lo hay. Y empiezo a sudar por culpa de mis paquetes, yo tan presumido todo el viaje con mi escaso equipaje de siete kilos, sin tropezarme nunca con viajeros cuyos pertrechos no abultasen menos del doble del mío; y ahora esto. Ahora soy el hombre equipaje, todo bultos con un resquicio para asomar la cabeza sobre ellos. Sudo devanándome los sesos para encontrar una solución. Me entero, además, de que hasta la frontera faltan cuarenta kilómetros de barro y rodadas; queda un puente derrumbado y unas cuantas contingencias todavía no imaginadas. Cuando me voy haciendo una idea del asunto, alguien se ofrece a ayudarme, aunque la persona en cuestión me mira con recelo pensando si habré entendido que habrá de haber propina, sin lugar a dudas. Tip, tip, repite de continuo, aquel hombre.

Cargamos cada uno un paquete y una mochila y abandonamos el minibús. Llegando al puente, se abre una luz en mi intriga cuando veo que mi acompañante, junto con otros pasajeros, toma un camino a la derecha, en lugar de aquel que usan los lugareños para atravesar el río. Un espabilado ha encontrado el modo de escalar los contrafuertes del encofrado que están llenando de hormigón y allá van. Atravesamos sobre unos tablones, que se comban peligrosamente sobre el vacío, hasta alcanzar el principio de una alta estructura de hierro, en donde una numerosa fila de pasajeros se van pasando los bártulos por una escala vertical metálica de unos tres o cuatro metros de altura que les separa del otro lado de la calzada, mas allá de la parte derrumbada del puente. Yo veo pasar mis paquetes, mi macuto, de mano en mano. Después soy yo el que se encarama a la estructura de hierro. Ejercicio de escalada sobre las aguas rugientes del río. Indiana Jones en escena. El agua ferruginosa ruge entre los barrotes del andamiaje indiferente a esta improvisada procesión de alienígenas con voluminosos bultos entre las manos. Sobre la tierra firme, ya al otro lado, alcanzamos el camino sorteando entre hondos charcos y camiones cuyos bajos, al otro lado del puente, aparecen pertrechados para una larga espera; la paciente población de la carretera duerme la siesta o juega a las carta esperando a que fragüe el hormigón que una larga fila de peones fabrica cubo a cubo transportando cemento, arena, y agua desde el río. Dos, tres, cuatro, diez días de espera, ¡quién sabe!

El barrizal de la carretera internacional Camboya-Tailandia está sembrado por un trafico paciente y con humor. Tras un kilómetro, la pista se despeja, un matrimonio francés de mi edad que no habla inglés, intenta aclararse de lo que sucede; hablan circunspectos del futuro mas inmediato. Metros mas allá tropezamos con un motocarro. Los primeros pasajeros están discutiendo el precio con el conductor, dos horas hasta la frontera. Me acerco, cargado todavía con el paquete más voluminoso; el precio queda fijado en diez mil reales, o en cien bath, o en dos dólares y medio por pasajero, como se quiera. La cifra universal de pasajeros por vehículo de estas características y en estas circunstancias está en torno a las veintidós personas (ya lo constaté en Pakistán atravesando el Himalaya, o en Chiapas, en la Selva Lacandona), veintidós personas, sólo que en este caso son veintidós más veintidós macutos, más mis dos breakable paquetes (frágiles, vamos). Así que veintidós, y en el centro the breakable parcels. Siempre habrá alguien que advierte al que se sube de nuevo en el motocarro: “breakable”. Fotos a mogollón, todo el mundo quiere llevarse un recuerdo de este cacho de aventura.

Y arrancamos y aparecen los paraguas, que cubren a todos los viajeros; y las japonesas que van encima del voladizo sobre el conductor se ríen a carcajadas, divertidas como niños pequeños. El autocarro salta como un demonio amenazando con hacer caer de su púlpito a las niponas; zozobra, resbala; no hace falta repetirlo, barro a montones, el motor ruge endemoniadamente. Alguien señala unas nubes cercanas, se hacen apuestas. Al poco rato empieza a chispear. Yo saco mi impermeable para tapar cuidadosamente mis paquetes. Lo que había que ver, yo mojándome y mis paquetes tapaditos, los trato como si fueran bebes. El motocarro para y el conductor rebusca entre la impedimenta una lona con la que cubre pasaje y equipaje. Llueve, las bromas se prolongan un rato. A lo lejos retumba la tormenta haciendo culebrillas sobre el horizonte. Pero la cosa no llega a más. Una hora mas tarde llegamos a la frontera. Descargo, arrastro los paquetes hasta el control de pasaporte, paso por la aduana; el aduanero me mira circunspecto, señala mis paquetes, yo pongo cara de cordero degollado cuando éste hace intención de abrirlos. Asustado, saco precipitadamente de mi cartera un papelito azul, la factura; se la tiendo. El aduanero lee despacio su contenido, se le escapa una apacible sonrisa cuando su mirada cae sobre las líneas que describen el contenido de los paquetes. Me devuelve la factura y me indica amablemente que puedo pasar: ¡Ufffff!. Mis paquetes y yo atravesamos la frontera, un quebradizo puente de madera. Estamos en Tailandia.

Dentro de los paquetes, celosamente protegidos, a salvo del barro y de las aguas achocolatadas del río, viajan el enigmático buda y la apsara que había comprado antes de abandonar Angkor.

Bangkok

THAILANDIA. Los recuerdos de un reciente viaje a Oriente son hoy media hora de vuelo, unos visillos que movía la brisa de la mañana, una madrugada en Angkor, algunas incidencias en el transporte de una talla en madera de un enigmático buda y la experiencia de una noche de anhelos.

El avión sobrevolaba alguna parte de Alemania. Un viaje a Oriente ¿en busca de qué? ¿el Santo Grial? ¿el Vellocino de oro? No sabía muy bien por qué me había visto envuelto en aquella repentina decisión. Quizás una revista encontrada accidentalmente en la que había leído un artículo sobre Halong Bay en las cercanías de Hanoi, acaso un libro de Pierre Lotti, hojeado apresuradamente en la Cuesta Moyano, que hablaba de Angkor. Por lo que fuera, parece que a última hora me había impuesto la necesidad de estar despierto, de agarrar las disposiciones tomándoles la delantera; en este caso asomarme a la ventana del mundo para contemplar si éste me decía algo o no en ese preciso momento de un mes de julio. Uno se hace en cierto momento árbol del camino, crece y echa raíces, se aúpa sobre el paisaje y envuelto por la noche o por la meteorología hace sus deducciones sobre el mundo y sus senderos; los ciclos de la vida se repiten y un buen día nos quedamos mirando al horizonte con la mirada perdida porque la realidad llega a nuestros sentidos envuelta en reiteraciones, sopla un viento agradablemente tibio que ayuda a mantener nuestro gesto amable, tranquilo de quien ya vivió muchos inviernos y muchas primavera antes de llegar aquí. Miraba distraídamente por la ventanilla del avión un mar de nubes a la caída de la tarde. No debo tener prisa, intentaba convencerme; ni eso ni tratar de verlo todo; escucharme, mirar, recordar el timbre de la voz de la gente, tiempo de reflexión.

Cuando el avión se vuelve a elevar sobre la ciudad de Frankfurt, el polvo del camino subía a lo lejos. La lluvia lava las hojas de una tarde llena de oro, el viento las mece colgadas sobre el cielo como si fuera una colada; el duro sol del verano abrasa el asfalto, la línea oscura que corre entre el amarillo pajoso y los árboles solitarios. Media luna flota en el horizonte adornando el lienzo con ramas, árboles y campo tostado. Un árbol tiene algo de eso que yo percibo en sí mismo esta tarde. Me siento más árbol que viajero. Marcharse a Oriente para ver qué pasa; es una buena razón, una luz, una idea, una emoción. La laxitud se corresponde con las cualidades del árbol. Ahora me pesa el ánimo tanto como a esa rana del relato de Faulkner a la que hicieron tragar un puñado de perdigones.

Bangkok. Dos días después me despierto bajo el chorro del ventilador con el sol ya alto. Me llega una agradable sensación de bienestar; abro los ojos despacio despacio, saboreando el encuentro con la mañana. Enseguida me llama la atención el suave balanceo de los largos visillos del ventanal frente a la cama, los miro durante un rato como si contemplara las llamas en el fuego de la chimenea. El movimiento de la tela me recuerda aquella mañana otros visillos que colgaban hacía muchos años en una habitación de Cevo, un pequeño pueblo de la Alta Lombardía. Compartía la habitación con mi amiga María; una gran cama de matrimonio y una ventana en donde el gracioso balanceo del organdí de los visillos distraía mi tensa vigilia mientras ella dormía plácidamente a mi lado cargada con el peso de una promesa de castidad hecha a su previsora madre poco antes de salir de casa. Un exceso que hube de sobrellevar todo lo que duró mi larga estadía en los Alpes. ¡Oh, las enseñanzas de la madre y su muy bien aprendida lección de llegar intacta al matrimonio...! Así se quiso desquitar después, cuando las celebraciones de la boda quedaron lejos; ella, que albergaba en sí una folladora compulsiva sin saberlo, sólo unos débiles apretones permitió, y eso tras la larga travesía de la Meije, en circunstancias un tanto heroicas después de pasar la noche en una grieta abierta en el glaciar a más de cuatro mil metros de altura donde nos retuvo una aparatosa tormenta. A un apretón apresurado bajo las mantas de un refugio y a un ejercicio de emergencia entre sus muslos bajo su provocadora minifalda, quedaron reducidos los escarceos con María por aquellos tiempos.

El bamboleo de los visillos termina por llevarme a los muslos calientes de María. He recuperado el sueño del viaje y me siente bien aunque con una sexualidad disparada que se despierta despacio con la brisa, la tela, la ventana, aquella lejana noche de castidad. Coloco el escenario, rindo tributo al lingam erguido entre mis piernas, celebro el encuentro consigo mismo, la suavidad con que las piezas de la melodía van encajando unas con otras. Llamo a paisajes concomitantes, busco en el tiempo.

Pienso en cómo la pereza y el desajustado sentido del tiempo estropean una parte importante de la sexualidad. Raramente la oportunidad y las disposiciones se ponen de acuerdo para diluir el tiempo en un vagar de olas y sensaciones, raramente. Vagar de olas, curiosear, tocar. Cuando en la India se visitan esos pequeños templos cuya desnudez se viste de flores en torno al lingam, que preside el lugar, uno es parte de esa liturgia intemporal que debería presidir una parte de la vida. Una liturgia que no imagino ni exclusivista, ni de pareja, que pienso como tributo a los cuerpos, a ellos mismos en la tibieza de la mañana, al calor del atardecer. Reflexiono sobre la gratuidad de vivir el momento, sobre las inhibiciones, los omnipresentes y embrollados estados mentales que atan al hombre de la calle de Occidente.

Me encuentra ligero de equipaje esta mañana. Estiramientos, desayuno frente al tránsito de la calle, y a caminar. En la mochila la cámara, un cuaderno y un bolígrafo, todos los pertrechos necesarios para patear la ciudad. Hoy serán las calles y las techumbres de los palacios apuntando al cielo y a las nubes, los retratos, escenas de mercado, el río y los chiquillos desnudos saltando al agua desde un trampolín improvisado. Más de cinco toneladas de plata para enlosar el suelo de la Silver Pagoda, mil kilos de oro para un buda, más un millar de diamantes para completar la decoración del lugar. La fijación universal de las religiones en torno al oro y la plata, una notable incongruencia de la que no escapa ninguna de ellas... Miro aquello y soy incapaz de encontrarle significado al asunto. El valor de las cosas, la moneda en uso a lo largo de la historia de la humanidad, también sirve para la ultratumba y las reencarnaciones de todos los colores.

El ostentoso abigarramiento, el lujo y el valor monetario como expresión de incapacidad creadora. La riqueza confundiendo con su halo de poder y sugestión al mundo entero de todos los siglos. Los poderosos valiéndose de los técnicos y de los artistas para hacer posible el camino de sus excentricidades, se tornan patéticos cuando no son capaces de superar el binomio arte-lujo, arte-exhibicionismo de poder. Quien tiene el poder expolia al que no lo tiene, y convierte el producto de la expoliación en cadenas, en altar, en los que los expoliados rendirán pleitesía en el futuro a sus explotadores y a los ancestros de los explotadores. Ese puede ser uno de los significados, de los atributos del oro. Los creadores permanecerán en el anonimato porque serán solo un utensilio en la consolidación de las relaciones de poder.

A la salida del palacio de Vimanmek, se desplomó el cielo y la ciudad se hizo agua y estrépito. Junto a unos soportales en que nos refugiamos el conductor de la motocicleta y yo, el agua llegaba más arriba de los tobillos.

Hacia Tombuctú

DAKAR-BAMAKO-TOMBUCTU. 2 “¿Qué vamos a hacer?”, leía en aquella ocasión en Posesión, el libro de Byatt. Estaba con la correspondencia entre Christabel LaMotte y Robert Ash. El largo viaje invitaba a reflexionar. Hacía unas horas Demba se había empeñado en regalarme una fotografía en la que aparecía él con su novia, una joven senegalesa pintada como un cromo, que se abrazaba a su novio con una cara de embeleso propia de algún meloso culebrón de televisión. Eso que con sus múltiples variantes llamamos amor. También él se derretía por su chica negracomoeltizón.

Volvía a hacer un calor espantoso dentro del autobús, estacionado ahora en la calle de un pequeño poblado. Los pasajeros buscaron alivio fuera del vehículo, mientras otros bajaban su equipaje después de revolver en la torre todo su contenido a la búsqueda de algo que una simple previsión habría hecho que colocaran aparte. Luego el conductor anduvo hurgando en el motor por enésima vez. Después desapareció. Los viajeros que aguardaban sentados a la sombra de un muro frente al autobús, tuvieron tiempo suficiente para ver cómo la sombra desaparecía y el espacio de la calle se hacía puro sol. Terminaron por dispersarse por los alrededores buscando agua o un entretenimiento en donde matar el tiempo. Esperábamos en una calle polvorienta inundada por el olor acre de la basura y donde el sol caía a plomo a las once de la mañana.

¿Qué se puede hacer, ahora, aquí, en África? A fin de cuentas la vida es un continuo interrogante, un qué hacer a cada instante. Qué se podría hacer y no se hace porque el país, la gente están inmersos en una realidad global que arrasa la posibilidad de redención de los individuos. Y era el sida, la carencia de agua potable, la falta de iniciativa, la ignorancia, la suciedad, la dificultad de mantener una higiene. Era desesperanzador viajar por esta parte de África, asumir que durante décadas estas tierras habrían de vivir en la miseria, bajo el signo de una mortalidad escalofriante, mientras el resto del mundo disfruta un eufórico progreso, con un vergonzoso nivel de vida que llena impúdicamente los programas televisivos que llegan a este charco de miseria minuto a minuto estimulando la única salida posible, es decir, saltar de cualquier manera por encima del mar para encontrar un trabajo en Europa. La patera parecía ser la única solución posible para este continente. La calle apestaba, el autobús yacía a pleno sol, vacío y solitario como un cadáver que no fuera a moverse más.

Mi entusiasmo africano se desmoronaba. Me entraron unas enormes ganas de huida. La desesperante ineficiencia, la mugre, la convicción de que sería imposible que África superara nunca los siglos que la separaban del resto del mundo, mermaban mi gusto por el viaje. También había miseria en la India, pero era una miseria de distinto signo, menos mineral. En África subsahariana no transcurre el tiempo, todo parece destinado a seguir igual por los siglos de los siglos, aquí apenas cuentan los milenios de cultura que el hombre fue acumulando en sus huesos.

¿Qué haremos? A mí me interesaba más el mundo sutil de Byatt que todo esto. La posibilidad de encontrar la síntesis, de acceder a las creaciones de la cultura y el arte, de aprender a ver los matices y las implicaciones, a discernir tonalidades. Estar liberado del trabajo de la subsistencia, de la impetuosidad de la presencia de los acontecimientos para dedicarse a las cosas del espíritu, al amor, al arte. África había empezado a quedar muy lejos en mi ánimo.

El autobús dio una breve señal de vida, arrancó con un ruido un poco asmático, dejó una nube de humo en el aire y volvió a callarse. Miraba pasar a una mujer con su acostumbrado paquete a la espalda, en esta ocasión un niño de algunas semanas. Su cabeza colgaba como una calabaza fuera del refajo. Me estremecía verlo, me costaba creer que no estuviera ya desnucado, tal era el salvaje balanceo a que se veía sometido. ¡Era tan diminuto su cuerpo! Una estampa muy folclórica, una mujer, un llamativo vestido color mostaza, y un recién nacido a la espalda moviendo la cabeza como un badajo dentro de la mísera campana de la calle.

Demain matin, demain matin, se oía entre los pasajeros. Quizás llegaran al día siguiente. Estábamos a doscientos kilómetros de Bamako.

A fin de cuentas tantos milenios de trabajo deberían hacer posible la dedicación plena a lo que da profundidad y significación a la vida, por más que la vida no tenga sentido. El qué haremos me sonaba entonces como un grito retórico que necesitara llenarse de significado. Era necesario dar las gracias a los hombres y mujeres que durante milenios habían trabajado para hacer posible que uno pudiera plantearse estas cosas. Algunas mujeres golpean en la ventanilla desde fuera con una lata; piden comida. ¿Qué haremos? En mi cabeza volvía a sonar como una tarantela el interrogante.

No habíamos andado diez minutos —caminar enfermo y renqueante— cuando el autobús volvió a detenerse en las afueras de Keyes. Nuevo control policial. Esta vez tocaba registro a fondo. Mientras se realizaba éste, el conductor y su ayudante se dedican a labores de mantenimiento, desplazan una tapa en la parte central del autocar, a la altura de su asiento, y desarman la bomba del gasóleo. Yo empezaba a soñar con interrumpir este viaje para finalizarlo en la isla de Hierro o Lanzarote. El gasoil se salía a chorros por las juntas.

Anocheció. La masa humana del autobús se cocía. La tierra roja, llena de grandes agujeros, obligaba a una velocidad ambulante, una larga derivación por una pista anchísima a la búsqueda de un paso. Y dentro todo era agobio y sudor. La lata herrumbrosa en la que viajábamos parecía estar destinada a convertirse en habitáculo vitalicio. El acre olor del sudor de los cuerpos invadía el angosto y sofocante espacio del autobús.

A medianoche tocó vivac bajo la luz de la luna en medio de la carretera. Esta vez hubo más suerte, dispusimos de grandes esterillas que unos avispados críos, conocedores de las vicisitudes del transporte africano, vendían en la oscuridad de un descampado. Hacía tiempo que el agua potable había desaparecido. Hube de beber de sospechosos recipientes, líquidos teñidos de té o café. No había otra opción. El campamento se instaló en la misma carretera, delante del autobús. En torno a su esterilla los vecinos departían; me encontraba entre un grupo de instruidos emigrantes que recorrieron el mundo con trabajos de tres cuartos, pero que conocían de la política mundial y sabían bien a quienes había que bendecir y a quien abominar; entre los elegidos estaba Hugo Chávez, que gozaba de gran prestigio entre los concurrentes. Asombraba el conocimiento que tenían sobre España, Europa, Estados Unidos. Un senegalés, un enorme individuo procedente de Gambia, un maliense, Demba, las dos chicas de Nigeria. Las esterillas se habían extendido sobre el suelo formando un mosaico colorista que era frecuentado por distintos pasajeros; también estaba la niña Sandra, la guapa Sandra, con la que yo hacía dibujos en mi bloc de campaña. Era una charla agradable en este principio de madrugada; en medio de la oscuridad llegaban de lejos las ofertas de los vendedores, bollos, leche, café, mazorcas de maíz, poco más.

Los durmientes empezaron a movilizarse a las cinco de la mañana, se oía por todo el campamento el bonjour de rigor, avez vous bien dormi? Demba, mi autoacogido senegalés dormía como un lirón en medio de mi esterilla. Demba quería que yo le enviara a Brazzaville una carta de invitación para poder trasladarse a España. A estas alturas se me había pegado de tal manera que no me dejaba a sol ni a sombra. Cada vez que paraba el autocar intercambiábamos invitaciones, él venía con un refresco y yo le invitaba a un café au lait. Yo no dejaba de pensar, viéndole dormir en mitad de la esterilla, en qué se podía convertir aquel negro sonriente y complaciente si llegara a instalarse por unos días en mi domicilio.

Tercer día de viaje. Me sentía bien dentro de esa negritud viajera dispuesta a sobrevivir con un plato de arroz, un poco de agua y un trozo de suelo donde descansar de las fatigas del camino. Estaba increíblemente sucio, los pantalones, la camisa, el calzado, el macuto, todo se encontraba embebido de polvo, sudor y arena. La contestación al qué haremos del día que comenzaba se nutría del cansancio, la suciedad y de esa sensación de desesperanza que embarga a uno viajando por estos países. Tampoco ayudaba el paisaje que se repetía llano y reiterativo desde que subimos al autobús. Tampoco ayudaba la cochambre y la pobreza que adivinaba irían creciendo y creciendo hacia el este.

A las cuatro de la tarde el autobús entraba en Bamako. El tiempo apremiaba para tomar esa misma tarde el barco que, Niger arriba, me llevaría a Tombuctú. No podría esperar en Bamako una semana para tomar el siguiente barco. Ya tendría tiempo al regreso de parar algunos días en la capital.

El final de una pesadilla, que fue el viaje en autobús, no tardó en convertirse en el principio de una nueva inquietud. Apenas llevaba medio día a borde del barco que me llevaría desde Bamako a Tombuctú, a través del río Níger, cuando tuve la impresión de que aquel viaje no iba a terminar bien del todo. Me habían adjudicado un reducida cabina en el primer nivel. Nada más abrir la puerta el encargado, el olor acre de la descomposición me recibió como una bofetada; el sudor, la miseria y la suciedad poblaban aquel habitáculo desde hacía décadas. Subí a cubierta; allí sin embargo la vida era una fiesta, la megafonía hacía vibrar los cristales, un volumen muy al gusto de los pasajeros que bailaban apasionadamente ritmos africanos bajo una noche estrellada. Niños, jóvenes, mayores, parecían llevar la música en el cuerpo.

Durante tres días fui sacando penosamente tomas de todo cuanto veía desde cubierta. Era un mero impulso del deber. La delicada luz del amanecer o del crepúsculo con los barcos de los pescadores al fondo, el desierto besando las aguas del río, la negritud y los colores de la vestimenta de las mujeres vendiendo sus mercancías a los viajeros desde los improvisados muelles de la orilla. Un variopinto paisaje humano que miraba con el estómago revuelto, sintiendo pasar el tiempo increíblemente lento, pesado, azorado por el sol y por el calor.

Había abandonado definitivamente mi cabina donde sonaba siempre una música estruendosa que la familia que la habitaba se negaba a interrumpir hasta bien entrada la noche; los colchones de goma espuma sin cubierta, mugrientos, los restos de comida por los suelos... tan increíblemente sucio todo; fue imposible permanecer allí. Me instalé en uno de los pasillos de cubierta. Soplaba el viento, hacía frío. El segundo día empecé a sospechar que mi organismo no estaba bien, había perdido completamente el apetito y tiritaba. Un negro pesimismo me invadió. Me arrebujé dentro de mí y pasé dos días más tumbado a la sombra, en uno de los corredores. Al mediodía me levantaba e iba a alimentarme al bar, pedía leche y galletas, lo único entre lo que allí se vendía que mi cuerpo no rechazaba. La comida del barco era imposible digerirla.

El último día la fiebre subió a cuarenta grados. El barco atracó al mediodía en las cercanías de Tombuctú. La legendaria ciudad fue sólo el fondo de una pesadilla. Demoré allí sólo el tiempo necesario para que mi organismo se repusiera un poco. Algunos días después regresaba precipitadamente a Bamako. Mi periplo africano había concluido.

Paciencia africana

DAKAR-BAMAKO 1. Estos días se celebraba una famosa competición que tiene su final en Dakar. Esta crónica que inicio hoy, comienza en Dakar y termina en Bamako, capital de Mali.

Hora prevista de salida del autobús de Dakar-Bamako: las cuatro de la tarde. Sobre las cinco empezaron a subir el equipaje a la baca, grandes fardos, bolsos, hatos, sillas de plástico, una motocicleta. Era un vehículo excesivamente antidiluviano para correr ininterrumpidamente durante dos días por carreteras de dudoso tránsito, que en ocasiones desaparecerían en la oscuridad, convertidas en arena, charcos, enormes badenes difíciles de sortear, pero...

A las seis el autocar parecía estar casi listo, los viajeros ocupábamos disciplinadamente nuestros puestos con el autobús a pleno sol, dado que por razones inescrutables habíamos sido obligados a subir a él a fin de que no hubiera duda de que al menos el pasaje estaba en orden. Sin embargo desde la ventanilla veía cómo se acercaban nuevas carretillas llenas de fardos que de mano en mano se alzaban, más todavía, hasta la baca mientras los pasajeros limpiábamos de nuestras caras grandes chorreones de sudor. El mayor calor del mundo estaba en ese cacharro cerrado a cal y canto a la suerte de una climatización natural que procedía de unos ventanucos de medio palmo en lo alto del todo por donde se colaba una brizna de aire. Éramos setenta personas las que nos cocíamos a fuego lento dentro de estos hierros. Pasó una hora, el autobús tenía el motor en marcha desde hacía tiempo. Después dos hombres volvieron a subir a la baca para tirar de otra motocicleta hacia la cumbre de metro y medio que formaba ya el equipaje. Se añadieron nuevas sogas al cordaje anterior. Sospechando que iba a necesitar más agua de la prevista, bajé a comprar otra botella. A las ocho el autobús se puso en marcha, empezó a correr un poco de aire que aliviaba el calor agobiante. Torcimos por una calle y nos detuvimos en una gasolinera; media hora más. La ropa hacía tiempo que había empezado a despedir el olor acre propio de la situación; se oía el frufrú de los abanicos, unas sencillas superficies de palma trenzada cosida a un palo. El negrísimo cráneo del vecino de enfrente dejaba resbalar por su superficie regueros como de lluvia descendiendo por una cristalera. Hacía tiempo que se había hecho de noche. Arrancamos, doblamos por un par de calles y en unos minutos más entramos en un recinto que parecía una estación de autobuses. Lo era: la misma de la que habíamos salido media hora atrás.

Sobre las diez todo parece estar dispuesto nuevamente. El autobús se puso en marcha. Las afueras de Dakar eran a veces inmensos lagos donde los coches quedaban atrapados con el agua hasta el chasis. Por turno los vehículos van entrando en estos grandes socavones que cruzan la calzada, luego los motores rugen hasta el último resuello en su trabajo por salir al otro lado del hoyo. Algunos son empujados por los pasajeros con el agua hasta la rodilla. Tardamos una hora larga en salir de la ciudad.

Pasajeros pacientes éstos como no los había visto en ninguna parte del mundo, pensaba yo. ¡Cómo no iban a venirme a la cabeza aquellos rostros negros que los siglos de esclavitud dejaron sobre la memoria colectiva! El cerebro creaba sus propias asociaciones en función de la información acumulada desde la infancia, y el ambiente de sudor, de negritud en la oscuridad, no sugería otra cosa que los barcos que salían de la isla de Goré cargados de esclavos, camino de América.

El autobús paró numerosas veces por la noche, pero me había propuesto dormir por encima de todo, y dormí. Era un asiento casi vertical, como hecho incómodo a conciencia, además el compañero de viaje de atrás se empeñaba en meterme las rodillas por los riñones. Tampoco había mucho espacio, y los senegaleses eran gente grande. Me despertaba el calor en las paradas pero aun en ellas me esforzaba por no abandonar la postura erguida con la cabeza reposada en la parte alta del asiento. Había comprobado en otros muchos viajes, que esta postura aparentemente incómoda, era totalmente higiénica; podía llegar a dormir durante ocho horas con el resultado de un fuerte dolor de cuello por la mañana, pero era algo que se iba después con algunos ejercicios.

Algún niño lloraba de tanto en tanto. Entre sueños vi clarear la franja del horizonte. Pocos minutos después paramos en una calle de tierra roja. A ambos lados había dos largas filas de casuchas de madera de aspecto miserable. Los niños llevaban en las manos latas cilíndricas de chapa donde recogían la comida que les daban algunos pasajeros. Sólo había mendrugos de pan en ellas. Era necesario poner atención a donde se arrimaba uno: alguno de los poyetes están llenos de excrementos. Muchas mujeres ya no buscan un lugar discreto para orinar, lo hacen ahí mismo, sin ningún recato, con las ropas hasta la cintura.

Fuera había un campo verde plano salpicado de acacias; algún baobab se perdía en el horizonte. Atravesamos chabolas, un poblado con cabañas en forma de glande en medio del cual, atada a un palo, flameaba la bandera senegalesa. En el poblado se barría de mañana temprano el suelo de tierra batida.

Parecidos paisajes y razonamientos recordé entonces, eran los viajes por las zonas más míseras de América Latina: brutedad, ignorancia, falta de liderazgo, el provecho de unos cuantos, la extorsión durante siglos de los recursos del continente por los países ricos. Pero sobre todo la calamitosa historia de los Amines, de los verdugos de todo color, del provecho de unos pocos para encauzar la riqueza hacia sus bolsillos. Y sin embargo, ¿no le salvaba al mundo, en definitiva, la clase más emprendedora, aunque necesariamente ésta hubiera de valerse de aquellos con menos capacidad de iniciativa? ¿Sin ella habría sido posible un mundo como el nuestro?

El autobús no podía rodar sin detenerse a cada momento. Controles de policía, agua que echar en el radiador, comprobación de las ruedas, alguna meada... pero había otras muchas ocasiones en que no parecía haber causa aparente para ello. El paisaje era ahora una interminable pradera de hierba alta salpicada de acacias y esporádicos ejemplares de baobabs; también se ven enormes termiteros que superan la estatura de un hombre. Parada de mediodía. Los pasajeros se dirigieron a un chamizo de palma e hicieron cola ante una oscura habitación. También yo me acerqué. No había carne, ni pescado, ni verdura; sólo arroz, me decía Demba, un joven, negro como el betún, que a esta hora se había convertido en mi guía. Era senegalés e iba a buscar trabajo a Brazzaville, en Congo; el itinerario pasaba por atravesar Senegal, Malí, Burkina Faso y Benín, donde tomaría un avión rumbo al Congo; su compañero de asiento seguía un itinerario similar, aunque éste camino de Libreville, en Gabón. Los pasajeros salían todos con un plato de plástico lleno de arroz. Yo di cuenta de mis propias provisiones: un par de huevos cocidos, una mazorca de maíz y un plátano.

Departí un rato con un serio estudiante de Tombuctú. Los senegaleses hablaban continuamente de fútbol. Hice algunas fotos a Sandra, la simpática nena que regresaba de vacaciones, desde casa de sus abuelos, en Dakar, a la de sus padres en Bamako. Llevábamos dos horas esperando, nada se movía, los empleados de la aduana trabajaban diligentemente en sus papeles. Los senegaleses habían pagado cada uno mil cefas, el canon que exigía la policía para no revisar la montaña de equipaje de la baca; sin embargo había dos pasajeros que se negaban a pagar; tampoco dos muchachas de Nigeria estaban dispuestas a ello. Transcurrieron dos horas más antes de llegar a un acuerdo. Arrancamos. Minutos después, cuando el autobús no había recorrido apenas medio kilómetro, fue detenido de nuevo por la policía. Nos hicieron bajar. Nuevo control de pasaportes. Un buen rato más tarde el autocar retrocedió y quedó aparcado a un centenar de metros del puesto de policía. Algún imponderable desconocido impedía en esta ocasión viajar de noche. Todos los pasajeros formaron una larga fila sobre el talud de la carretera a la espera de acontecimientos, lo que aproveché para tomar una instantánea. De inmediato oí una voz imperativa que me llamaba:

—¡Monsieur, monsieur! —Ya está, en un abrir y cerrar de ojos vi la trampa, el poli de turno había encontrado una excelente disculpa para usurparme la cámara fotográfica, el sueldo de varios meses de cualquiera de ellos.

En efecto, ceñudo, haciendo teatro, me llevó hasta el garito de aduana. Entrando en el mismo, otro policía pretendió arrancarme la cámara de las manos; forcejeamos pero no la solté; me empujó violentamente hacia el interior del cuartucho donde otros dos atendían las diligencias de los pasajeros. Uno de ellos, sentado en el centro de la mesa, tiró de nuevo de la cámara con violencia logrando arrancarla en esta ocasión de mis manos y dejándola fuera de su alcance. Salté sin dudarlo tras ella por encima de las piernas del policía, que me agarraba del brazo y me miraba con suma indignación, posiblemente admirado de una respuesta tan desacostumbrada. No sirvió de nada que le explicara que allí no había ninguna toma de las instalaciones fronterizas, un conjunto de dos o tres chozas, que la fotografía tomada era de los compañeros de viaje, con un fondo en dirección opuesta a la aduana, que era muy fácil mostrárselo sobre la cámara. El policía exhibió una pose de ridícula dignidad. Me pidió el pasaporte con el cuello muy estirado y me dijo que esperara fuera. Después salió del garito y se dirigió a un lugar situado unos cincuenta metros más allá. Mientras, yo vigilaba la silla donde estaba depositada la cámara, junto a una ventana sin marco ni cristales que se me hacía sospechosa. El responsable del autocar volvió en ese instante con el policía; era un hombre grueso de aspecto decidido. Trató durante un rato de hacerle entrar en razón, pero éste terminó dándole la espalda. Retornó al garito, tomó la cámara y salió con mi pasaporte. Un grupo de mujeres se interesaban vivamente por el asunto, un círculo de gente alrededor expresaba su solidaridad a voces. Más allá había un boana repantigado en una silla de juncos de plástico frente a una pequeña mesa con restos de té. Vestía una camisa blanca con grandes manchas negras irregulares. Su aspecto indolente y distante indicaban que era el chef. Mientras apuraba un vaso de té ojeaba la cámara, el pasaporte; terminó pidiéndome el carrete. Aquello, le explicó Tomas, no tenía carrete, y cogió la cámara y la encendió. Por las ventanilla trasera iban apareciendo las tomas de las últimas semanas, escenas de la ciudad de San Luis, Dakar, la isla de Goré, algunos retratos femeninos. El rostro del chef adquirió cierta curiosidad satisfecha mirando las fotografías. Cuando llegó la última en donde aparecían los viajeros sentados en el talud junto al autobús, le dije: c’est tout. Se había formado un gran corro junto a la cámara, mujeres y hombres metían la cabeza para ver qué sucedía entre el policía y el viajero. El chef le devolvió al fin la cámara acompañándola con un breve discurso sobre la prohibición de hacer uso de la misma en determinados lugares oficiales. ¡Que no vuelva a suceder! dijo ceñudo, a modo de despedida.

Y la carretera, que se había transformado en asfalto unos kilómetros atrás, se hizo de nuevo pista tortuosa y polvorienta que llenaba el interior del autocar de pastoso polvo arcilloso. Media hora más tarde, unos bidones de hierro se interponían en mitad del camino. Otro puesto de policía. Todos abajo. Esta vez no había cáscaras, estábamos en un llano inmundo y polvoriento en donde no había siquiera un miserable techo donde guarecerse. No se pasaba y no se pasaba. A lo lejos el cielo se iluminaba por los relámpagos de la tormenta. Comenzó a llover débilmente, y en el horno del autobús era absolutamente imposible permanecer con aquel calor. Terminamos por rendirnos a la evidencia de que no había otra opción que la de tumbarse sencilla y llanamente en el polvo del camino y tener la suerte de que no lloviera. La cámara me sirvió de almohada, preferí no mirar donde me había tumbado. La noche era densamente oscura. El lugar quedó sembrado de bultos humanos entre los cuales los más agraciados eran los que llevaban encima las esterillas que usaban para sus oraciones a lo largo del día; sobre ellas dormirían. Yo no tenía Alá a quien encomendarme, así que me tocaría rebozarse toda la noche en el polvo. No olvidé elevar una plegaria al cielo para que los mosquitos no fueran muchos ni muy agresivos. La tormenta terminó por alejarse.

Y dormí bien, casi benditamente bien. De vez en cuando me despertaba y comprobaba que podía aguantar sin demasiados problemas las picaduras de los mosquitos; no darse por enterado, no tocarlas, no hacerles caso, refugiarse en el sueño; la maravillosa capacidad del hombre para adaptarse a la situaciones más dispares funcionaba bien en esta ocasión. Me alzó en la noche para ver el campamento barrido por la luna, un suelo sembrado de durmientes con la silueta de un autocar más allá, sobre el talud; nada se movía, no se oía ningún ruido. Me volvió a dormir, pero al rato me despertó un rumor de voces. Me incorporé, algunos hombres salmodian de pie los versos del Corán. La luna recortaba ahora sus siluetas oscuras contra el cielo ceniciento.

Cerca del alba, el estudiante de Tombuctú me golpeó en la pierna, Alberto, decía, bonjour, nous partons. Los durmientes se sacudían el polvo de la noche y caminaban ya como sonámbulos hacia el autocar. El pasaje se puso en marcha en medio de un silencio lleno de sueño.

Un hayedo al norte del Pirineo

Las hayas chorreaban aguas milenarias, lo habían estado haciendo durante cientos de años. Esos dos días y medio, esa noche, eran sólo una parte ínfima de aquella secuencia de nieblas y lluvias. Repicaba el agua sobre el tejado de pizarra con la misma aburrida reiteración con que las olas besan las arenas de la playa desde el principio de los siglos. Gruesos goterones atravesaban los numerosos huecos que el tiempo había ido abriendo obstinadamente entre las losetas de pizarra dejándose caer sobre los charcos del suelo de tierra con la monotonía exasperante de un grifo mal cerrado que alejara el sueño de un cuerpo cansado. Fuera, las hayas lloraban repletas de niebla y pena. Llegaba la voz anónima de un arroyo que corría entre la espesa hojarasca como un tímido que atravesara la vida de puntillas para no hacer ruido a su alrededor, un ruido amortiguado de tripas corriendo valle abajo con el corazón lleno de pena.

Los muros de piedras, apuntalados con gruesos travesaños de madera, combaban hacia el interior amenazando con devolver a la tierra de donde se habían alzado, quizás un siglo atrás, rocas, madera y pizarra. Apenas se sostenían en pie, pensé, mirando aquella ruina, cuando me asomé por la puerta en medio del aguacero. Con un poco de suerte no revienta estando yo dentro, calculé. Junto a la entrada, el suelo estaba seco, el único metro y medio de aquella ruina. En el exterior había una gran puerta de madera apoyada sobre el muro. La arrastré hasta el interior de la casa y la coloqué sobre el suelo. Después, algunos sillares desprendidos sirvieron para calzarla y obtener la sensación de cómodo hábitat protegido de la lluvia. Me cambié de ropa y la puse a secar en unos clavos sobre las traviesas que hacían de contrafuerte. Recostado sobre la jamba de la entrada fui masticando unas almendras mientras miraba la lluvia cayendo como una cortina de agua entre los robustos troncos de las hayas. ¿Cuántos días llevaba ya caminando? Lo había olvidado, en bosques como aquel, el país encantado de las hadas, era inútil tratar de llevar las cuentas al tiempo, éste se negaba a dejarse engañar por la rutina del paso de las horas. Quizás fueran dos o tres semanas, era lo mismo.

Algunas mañanas, del cielo brotaba el sol y la luz, y el calor inundaba las montañas y los neveros; otros se llenaba de relámpagos y truenos y el agua apagaba los colores hasta hacer del día la noche mientras en la escueta tienda de campaña, arrasada por el diluvio, el caminante hacía cuentas del día y de la salvaje belleza que lo visitaba en ese instante. A veces surgía una exclamación contenida de mis labios, que expresaba el placer ilimitado de estar vivo, mientras el cielo se desplomaba sobre mi tienda.

Luego estaban los días como el de hoy, lluvia y niebla suficiente para llenar el ánimo con el espesor de la nostalgia.

Me encontraba en la vertiente norte del Pirineo, un corredor de hayedos que atravesaba día a día, oyendo el agua plañir con una ternura irredenta.

El suelo bañado del bosque, cubierto por su manto de hojas pardas, parecía una esponja a la mañana siguiente. Había recogido el saco, digerido un buen poto de muesly con leche, hecho el macuto, y ahora era hora de ponerse en camino de nuevo. Caía un débil chirimiri que no resultaba desagradable; la pierna me molestaba discretamente. Los bastones en las manos se habían convertido en compañeros inseparables de mi caminar. Sólo unas pocas cosas para vivir, catorce quilos a la espalda, unas botas, unos bastones y la fuerza de una plenitud rondando el alma y el cuerpo; era todo lo que necesitaba esa mañana para seguir mi largo peregrinaje entre el Mediterráneo y el Cantábrico a través del Pirineo.

Parque Nacional de Denali

ALASKA. Recorríamos un país que en los últimos días recordaba una inmensa Asturias cubierta de lluvia y abetos. Era un paisaje dilatado, pesado, algo melancólico. El parque nacional de Denali ocultaba celosamente la cumbre del McKinley tras una masa de nubes. Abandonamos por primera vez el confort del coche, nos adentramos en las montañas con pertrechos para una semana. Tierra salvaje, tierra sin caminos, no había rastro de pisadas; como a la tierra la trajeron al mundo, igual. Fue duro caminar, pero la sensación de tierra inédita y salvaje era extraordinaria. El miedo a los osos alertaba nuestra atención. Los grandes ríos discurrían lunáticos y torrenciales divididos en largos brazos que cruzaban el fondo aluvial de valles que desaparecían tras las nubes. La lluvia nos recogió pronto en nuestra casa de tela. Lluvia que fue regalo de fondo para una larga tarde de lectura al final de una fatigosa marcha.

McKinlely, Alaska

Acampamos temprano junto a un riachuelo cantarín. Polychrome Mountains era el nombre de las montañas que ascenderíamos al día siguiente. El arduo trabajo de atravesar las masas de arbustos fue desapareciendo según se ganaba en altura; el blando y espumoso colchón de la tundra también quedó atrás; hacía arriba se elevaba una ladera de hierba rala ribeteada con una bella extensión de flores alpinas y pequeños arbustos de arándanos.

El paisaje que se abría, según ganábamos altura, era soberbio, de medidas colosales. Las grandes montañas nevadas y los glaciares cerraban por el sur el gran arco del horizonte. A nuestros pies cruzaban los grandes ríos de múltiples brazos, bajaban llenos de luz culebreando desde los glaciares abriéndose paso entre las morrenas o sobre el plano inclinado del valle aluvial. Desde la cumbre nos asomamos a las montañas próximas, áridas, desprovistas de vegetación, el filo de las estribaciones y las cumbres describiendo filigranas tonales sobre el lienzo de la mañana. Posé el zoom sobre sus laderas y recorrí uno a uno los rincones de los valles, desnudos, sobrios, como nacidos de un desierto de arena y roca. Tres horas de subida y una larga y afilada cresta al final asomada al vacío multicolor de los valles, nos habían dejado sobre un mirador que se volcaba como un espectador frente a un cuadro que recordaba las gamas tonales de las pinturas de Tapies. Al sur descendía una fuerte pendiente de rocas color caramelo: el tabaco, el tofe con leche, los matices enteros de un amarillo desvaído que iban cobrando fuerza y densidad hasta hacerse marrón empastado de burdeos.

Por ese paisaje desolado bajamos de la cumbre. Descendimos hasta quedar otra vez sobre los llanos blandos de la tundra. Las sendas que dejan los animales nos llevaron, dando un gran rodeo, hasta el prado donde habían instalado el campamento.

Parque Nacional de Denali, Alaska

El día se puso gris hacia el final y el iglú de tela se convirtió en una silenciosa biblioteca asomada a la corriente del río. Era día de cumpleaños. Sentí, allá, en lo alto, perdidos entre las montañas, la nostalgia metérseme por los rincones del alma; la llamada de los míos, muy lejos de allí, suscitó una repentina sensación de cariño y ternura; me bailó un título en la cabeza, escribí: Os quiero. Dejé un espacio en blanco sobre la libreta y a continuación reseñé una lista de nombres: hijos, sus chicas o chico, algún amigo; continué:

“Os quiero. Así terminaba el último correo de mi hijo mayor. Hemos colocado nuestra tienda en lo alto de un promontorio desde donde se divisan todos los valles adyacentes, a lo lejos está el ancho caudal del río Toklak, cuyo volumen de agua nos ha obligado a dar un gran rodeo. Cuatro horas de caminar duro sobre una tundra de altos arbustos y laderas encenegadas. Nos topamos con un inmenso caribú a pocos metros, algo más allá un águila nos miraba casi apaciblemente posada sobre la hierba.

Se cubrió, después de la comida me tumbé junto a nuestro iglú de material sintético y dejé que la lluvia, un orvallo claro y silencioso, me cayera sobre la cara. Miraba las nubes, los montes de enfrente.

Recordé detalles, en la memoria siempre otros detalles vuestros, mi gente. Después me dediqué a acariciar esos sonidos que titulan el comienzo de esta crónica de viaje de hoy: os quiero. No sé, son las palabras de Guille de ayer, os quiero; me gustan, me dejan el corazón tierno. Puede ser que el caudal de ternura baje a veces con mucha más fuerza y anegue en su ímpetu los prados circundantes. La fuerza de la ternura puede con el rubor, rompe con la timidez y se abre en la mañana de hoy como una flor plena de ganas de vivir.

Os quiero. Miraba a las nubes, cerraba los ojos y me dejaba atrapar por las imágenes que me traían, os quiero. Distintas, heterogéneas, se aproximaban a mí por los cuatro puntos cardinales. Detrás de un beso de despedida hay siempre un te quiero, cierto, pero en este caso era un sonido cristalino de campanillas alborotadas.

Polychrome Mountains, Denali, Alaska

El orvallo arreció y empezaron a sonar secas las gotas sobre mi ropa. Me metí en nuestro iglú sintético. No sé qué voy a hacer cuando se caiga de viejo este iglú, es nuestra salita de los caminos, el viejo iglú de las grandes tormentas del Pirineo, de los aguaceros, de los intenso fríos del Parinacota en los Andes; seguro que el lugar más acogedor del entero Parque de Denali. Ahora las gotas golpean sobre su tela tensa, es un repiqueteo suave que despierta la música de cientos de días y noches amparados al calor de esta bóveda de un metro cuadrado.

Es una tarde larga; aquí, en medio de las montañas más salvajes de Alaska, a la vera del McKinley, el gran señor de este continente que se rodea de glaciares y ríos tumultuosos. La soledad, el descanso que brota del cuerpo como un dulcísimo compañero de viaje, por fuerza nos termina contagiando con las energías elementales de la naturaleza. Os quiero, os quiero montes, os quiero aguas, os quiero nubes, lluvias. El vuelo ampuloso y tranquilo del águila esta mañana, el plácido yantar del caribú, las perdices de ala blanca, esos osos que vamos espantando a voces cuando nos metemos entre los altos arbustos (normas básicas para andar por estos caminos), todo canta esta tarde la misma música.

Y el canto que nació al abrigo de un chirimiri en la tundra necesariamente vuela hoy sobre estas tierras, la isla de Baffin, el Atlántico entero, para despertar a toda la familia.

Continúa lloviendo, el tic, tac sobre nuestra bóveda de poliéster suena suave como una nana. Atardece.

Un beso.”

En días posteriores el cielo se cerró apretadamente sobre las montañas y caminar fue chapotear continuamente sobre una superficie mórbida en donde los pies se hundían para salir chorreando agua. El paisaje había desaparecido tras la grisura intemporal de la niebla. Rehiciemos el camino de vuelta hacia la pista embarrada que recorría el parque del Mackinley.

Junto a un lago, al frente, sobre el agua —una ligera ondulación en ella— las laderas de abetos disolviéndose en la niebla, nos rodeaban cuatro o cinco abetos robustos. Conduciendo hacia el oeste habíamos entrado en la península de Kenai, un típico y bello paisaje nórdico en el dominio de los hielos. Las laderas nevadas comenzaban un poco más arriba de la carretera, el asfalto corría adornado por dos anchas líneas violetas de arvejillas. Los fiordos, el agua calma de los lagos, las laderas perdidas entre las nubes desfilaban apacibles sobre un fondo envueltos en música de Haydn.