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Dormir desnudo

Alaska: el esplendor de los fiordos. Había leído en Memorias del Artico, de James Huston que el calor circula en el saco de dormir mucho mejor con el cuerpo desnudo. Bien, probemos.

El coche estaba aparcado a unos pocos metros del agua del McCarthy Fiord en el Parque Nacional de Kenay, Alaska. Llovía. Su salita volante ¾toda la parte trasera del Dodge¾ había sido transformada en dormitorio. No había muchas prisas para levantarse al día siguiente, las nubes flotaban bajas sobre las montañas del fiordo y el día posterior, con toda probabilidad, no habría quien emprendiera el camino del glaciar que queríamos recorrer. Así que tranquilo, una de esas noche sin prisas, la paz de la lluvia, el clap clap del agua golpeando las rocas de la orilla. Me introduje en el saco de dormir; está nuevo, el tejidos sintético es suave, sentía la caricia mórbida del plumón. Me estiro dentro, acomodo la cabeza en la almohada ¾un vieja prenda de abrigo, también de plumón¾ y busco la posición exacta para mi espalda sobre el aislante. Ya está. Siguen unos minutos de silencio, es un momento importante todos los días, el final de largas horas de viaje; recuerdo alguno de los lugares por los que hemos atravesado hoy, la hora de la comida en un claro del bosque, junto a un lago, la partida de ajedrez, algunos versos sueltos; la carrera de la mañana, esa media hora que me deja el cuerpo listo para el resto del día, el rato de estiramientos con el sudor cayéndome sobre el regazo, el dolor de los gemelos y los músculos dorsales cuando los fuerzo tratando de alcanzar con las manos el suelo a mis espaldas; y también viene a mi memoria el baño con el agua del bidón... (métodos rudimentarios para viajeros de presupuesto bajo. Alaska es el país más caro del mundo) mi cuerpo desnudo al aire frío de la mañana, relajado, flexible, como recién estrenado.

Continúa lloviendo, oigo la suave respiración de ella a mi lado. Repaso algunas de las cartas que recogimos en el cíber por la mañana. El mundo está en paz, las cosas siguen su ritmo. Hay un calor que empieza a subirme despacio desde el fondo del saco. Me llevo las manos a las piernas y las hago subir por los muslos. Me admira la suavidad de mi cuerpo, allá, lentamente, donde una hermosa curva nace, se alza, se describe un gran arco y se desparrama graciosa y solemne el final de la espalda. Repito la caricia, cierro los ojos, ¿habrá algo más armónico, más dulce, más sensual que esta parte de mi cuerpo?, me digo.

Oigo el motor de un coche sobre la pista de tierra; todo está oscuro y quieto. ¿Cuántas veces será necesario que repitamos nuestras caricias? ¿Cuántas veces bajaremos a bañarnos en este río de nuestro cuerpo a lo largo de nuestra vida? Hoy siento como si lo hubiera abandonado por una temporada, le oigo tenso todas las mañanas sobre el asfalto o los caminos, lo beso, pero a veces se me olvida acariciarlo y decirle te quiero. Es necesario que venga una noche como ésta y tenga que encontrármelo ahí, entre mis manos ociosas, para darme cuenta de su presencia, de su extrema suavidad, de la gran cantidad de ternura y placer que sus valles, sus rincones, su piel estremecida, pueden encerrar.

Oigo el lejano ruido de un generador eléctrico, recuerdo algunos nombres cariñosos con que bauticé alguna parte importante de mi cuerpo: mi volcancito, era uno de ellos, eso fue en Manchuria, también aquella una hermosa noche como ésta, estábamos de cumpleaños aquel día, fuera había el trajín de la gente, hacía un calor intenso que caía a plomo sobre todo el país; un gran ventilador agolpaba ráfagas de aire sobre mi desnudez, lo templaba y lo hacía convulsionarse cuando el aire y mis caricias lo tocaban. El ronroneo del ventilador de entonces y el cercano generador son los pilares sobre los que se tendía esta noche el puente de plata de una caricia interminable al borde siempre del colapso. Despiertan poco a poco los recuerdos agradecidos de aquella tarde de caricias. Me recojo devotamente sobre sí, me acurruco en mi calor, traigo livianamente el recuerdo de mi amiga lejana, el de ese cuerpo que duerme a mi lado. Cuerpos, el mío, el vuestro, cuerpos todos, derroche de vida, esplendor de la naturaleza, belleza, armonía, cálida sensualidad. Como un fulgor la espera demorada, la vibración de mis músculos, el contacto cálido uno a uno de cada centímetro de mi piel, su pecho, sus pezones, mi estómago, el reino de lo innombrable, el santuario en donde la ternura y el sofisticado arte de quererse acuden para rendir homenaje ferviente a la vida.

Cierro los ojos, pongo los pies sobre el asiento trasero del coche, mi cuerpo queda tendido como entre dos piedras sobre la corriente del río. Mis manos buscan ahora ansiosas la superficie suspendida de mis nalgas hasta arrancarles débiles gemidos a mi garganta; tocan con temblor estremecido la mata de pelo entre las piernas, se abrazan mis manos con el tesoro entre los dedos, lo miman, lo besan, lo calman. Hay una humedad dulce en mi pequeño cráter, un delgado hilo de semen se columpia entre mis dedos, lo llevo a mi boca, lo suspendo de mi lengua, cierro con más fuerza mis ojos. Como si de una lupa se tratara intento concentrar todas mis fuerzas en mi cuerpo, tendido como un arco a punto de quebrarse.

Sí, llueve. La ronca sirena de un barco se expandía por el aire. Las montañas, los glaciares, la lluvia, la orilla rocosa del fiordo repetían el lastimero bramido nocturno mientras la cosa pequeña de mi cuerpo, suave, pausadamente, se mecía en el extremo caliginoso de una caricia a punto de sumirse en el sueño.

Una pequeña hecatombe

Circulábamos por Alaska, al norte de Anchorage. Los vi por el retrovisor, unas lucecitas, roja, azul y ámbar encendiéndose y apagándose como en una feria. Miré el cuenta kilómetros, no estaba mal, ciento veinte, reduje no obstante la velocidad hasta quedar en ciento y un poquito; las lucecitas se me seguían acercando, no muy deprisa pero ya estaban como a diez metros, reduje algo más la velocidad esperando que me sobrepasasen, pero tardaban mucho; al final sí, al final noté que se me ponía a la misma altura. Ya estaba claro, seguro que querían algo, piso el freno, me voy hacia el arcén y detengo el coche. Tenía una pinta mosqueadísima el poli, como quien se acerca muy atento previendo un movimiento inesperado por parte de un desmadrado conductor, o acaso un terrorista. Unas millas más atrás había una limitación de velocidad, yo estaba circulando veinte millas por encima del cartel. I'm sorry I was not concius about that. Mi inglés macarrónico ya le debió de poner al poli sobre la pista de que ese individuo no era un tipo peligroso. Su actitud se hizo algo más amable, el poli pareció más relajado; nada de terroristas a la vista, parecía decir su expresión. Me pidió todos los papeles y se retiró a su coche; un rato después ¾por medio seguro que una larga consulta con el centro de alguna base de datos policial de individuos sospechosos de atentar contra tío Sam¾ vuelve con la papeleta y sus documentos. Una multa, tenía que girar un cantidad, mediante un cheque, a determinada dirección. Le preguntó cómo o dónde podía hacer una reclamación, to claim, repetía yo, pero el poli no entendía, con una amabilidad aterrizada desde el peligro eminente anterior, levantaba los hombros a modo de disculpa por no entender. Nos despedimos.

Y comenzó ahí, mientras el coche ascendía suavemente las curvas de una loma -eso sí, el automatismo de la velocidad a cincuenta y cinco millas por hora, ni una milla más- jalonada de abetos, mi... ¿cómo diría? mi... no sé, mi deportación de este planeta; un niño chico perdido en un mundo de gente grande y alta que mirara con recelo a las pequeñas y hurañas criaturas de su entorno. Chico yo hasta enrojecer, sin voz, encogido en mí mismo, quizás como un criajo pillado en una fechoría inconsciente que ha podido provocar algún tipo de catástrofe planetaria. No te perdonamos, vaga por ahí; fuera de nuestra presencia. Y yo me encogía y me encogía bajo la pesadilla de la reciente aparición de la policía en mi vida, y veía pasar los árboles y notaba que la voz no me llegaba a las cuerdas vocales y fui consciente de que si alguien se dirigiera en ese momento a mí iría derecho a meterme debajo del asiento del coche. Pero me armé de valor, me dije: esto no puede ser, y agarré el volante con más fuerza mientras vigilaba el cuenta kilómetros; intenté componer mi cara, llenarla de seguridad... pero fracasé estrepitosamente. Seguro que si no hubiera sido porque iba acompañado habría parado el coche y me habría hecho un autorretrato; me hubiera gustado saber cómo se sostenía ese careto encima de mis hombres, qué aspecto tenía cuando le sucedían estas pequeñas hecatombes.

El coche siguió ascendiendo como suspenso en el espacio y en el tiempo; la pequeña hecatombe se amansaba dentro de mí, se acurrucaba en el regazo como un niño al que hubieran dejado en mitad de la calle en pleno invierno; y mi regazo desprendía calor, lo acunaba, lo estrechaba entre sus brazos. La hecatombe se adormecía, empezaba a soñar que aquello era un sueño, que dentro de un poquito se despertaría y todo sería normal, los chicos serían chicos y los grandes, grandes; pero nada más, unos y otros jugarían a seguir dando patadas a la pelota, pero nada más. No será como en esa pesadilla en donde uno pierde las piernas o en donde hay una fuerza atroz e invisible que nos agarra la camisa por detrás y no nos deja andar.

Pero mientras, mi cabeza se sobresaltaba y decía: no, el poli era malo, su máquina de medir velocidades debía de estar estropeada; a ver, que me enseñen un certificado como que esa máquina funciona correctamente. Y una lucecita dentro de mi cabeza añadía: eres gilipollas, tío, ¿no ves que está muy claro, que ibas a setenta y cinco millas la hora y la señal decía que no se podía ir a más de cincuenta y cinco? Y entonces, ante este nuevo embate, el chiquitito que estaba dentro de mi torcía el gesto y volvía a esconderse debajo de la mesa tozudo y resentido.

Una larga recta, unos lagos preciosos a la derecha en donde se reflejaban unas gordas nubes: frené, a ver si cambiando de posición, haciendo una foto, aflojaba un poco esto de la hecatombe. Salí, tomé la máquina, apliqué el filtro amarillo ¾perfecto este filtro para esas nubes que se pasean por encima de las montañas¾ y disparé. Volví al coche, esto va mejorando me dije, una horita y todo ha pasado.

Aparece entonces un cartel en la carretera: Cambio de huso horario, adelante su reloj en una hora; otro, Wellcome to Canada. El poli de la frontera nos recibe con un agradable, Hallo! Le doy los pasaportes, intercambiamos algunas palabras corteses, nos despedimos: ¡gente simpática esta del norte!

Poco más allá comienza a llover, mi pequeña hecatombe va disolviéndose poco a poco en el agua que repica tranquila, apaciblemente en la chapa del automóvil.

Lavar la ropa

Hoy tocaba lavar la ropa. Recorríamos Alaska por una carretera que nos llevaría a las montañas de McKinley. Pero mientras tanto no teníamos prisa. Montamos nuestro campamento base en la orilla de un gran río desde donde las grandes cumbres cubiertas por el hielo asomaban de vez en cuando entre las nubes.

Después de la carrera matinal, el baño, el desayuno frente al gran río, bajé a lavar la ropa a la orilla del gran río. Me gustaba lavar la ropa. Recordaba montones de ocasiones metido en estos menesteres en lugares dispares del mundo. El más exótico en el desierto argelino. Mis hijos, los mellizos, tenían un año, Guillermo cuatro; colgaba un bidón de la rama de un árbol en un oasis, conectaba un trozo de manguera con una llave de paso en el extremo y... a lavar se ha dicho. Con diez litros de agua lográbamos hacer la colada de los cinco. Mientras lavaba la ropa, un poco de jabón aquí, un restregón allá, una mancha de grasa, un palomino, un cuello con mucho roce, los pensamientos volaban apacibles de un lado para otro. A veces entretenía el rumor del agua, como era el caso de hoy, otras era la calma plana de un lago en el que iban formándose pequeñas onditas mientras mi trabajo seguía adelante.

Cuando lavaba la ropa una calma chicha se extendía a mi alrededor. Restregaba unos calcetines y ya no existía en el mundo más que ese calcetín y el bamboleante ir y venir de mis pensamientos, un trajín agradable que tenía la música de una paz tranquila. Ahora eran unas bragas, un chorrito verde de lavavajillas —que no hay otra cosa esta mañana para el caso—, se toma la prenda con la mano izquierda, se cierra el puño, se deja medio palmo libre, se cierra el otro puño y nudillo contra nudillo, frac, frac... y me enfrascaba en un diálogo inacabable: Guille, ya podía escribir, ni un sólo correo en toda la semana; no, no, esta noche debí soñar con él pero no me acordaba. Mira que ha crecido Mario; parece como si fuera otra persona. Le daba un poco al elástico de la cintura y volvía a repasar la prenda, la restregaba de un extremo a otro. La estrujaba, la retorcía y la ponía a la izquierda sobre un tronco caído que estaba semienterrado en la arena. Miro al agua del río, era un agua espesa; junto a la orilla un montón de troncos viejos habían quedado atrapados en el légamo del fondo. La colada hoy sólo se componía de calzoncillos, bragas y calcetines. Asomaba entre el agua verdemarrón del barreño uno de esos calcetines que tienen el número de la talla en la planta. Nunca lavé tantos calcetines en los viajes; esta novedad se debía a ese empeño en empezar el día corriendo media horita. Un poco de jabón, no, no hacía falta, el agua estaba suficientemente jabonosa, pensaba en mi novia ¿seguirá corriendo cada mañana? pensaba, casi seguro que no, bueno, acaso los días que esté de humor, el día de su última carta seguro que no corrió, ¿por qué será tan poco sistemática para estas cosas? no hay quien le haga entender lo importante de ciertas disciplinas. Lo guapa que estaba aquel primer día que corrimos juntos por el pinar, se le veía como que estrenaba un juguete el día de Reyes, ¡qué mujer tan difícil a veces!, sus famosos fines de semana, sus interpretaciones tremebundistas de algunos hechos baladíes; no, no lo tiene fácil de todos modos. Je, je, el día de la Galana fue un bonito día, después disfrutaba como una niña arrastrando el culo por la nieve... y ese cansancio que le doblaba las piernas cerca del coche. Hemos pasado ya momentos muy bonitos, continuaban mis divagaciones. Seguro que si no fuera tan tonta me haría más caso, debería tomarse a su cuerpo y a su espíritu con más seriedad. Y volvía ahora un calcetín de Victoria —un 35-38 en la planta—, estaba bien esto de los numeritos, si no menudo lío en una familia de corredores, pensaba. Y después era Lucía, mi hija, ¿cómo le irá con sus nervios de campamento? Otra que se había hecho grande. Ahora tocaba unos calzoncillos de esos de dibujitos rosas más viejos ya que Matusalén, se veía en seguida que el dueño de esta prenda era un poco guarreras, pensaba, está a la vista, que por sus calzoncillos los conoceréis, como cuando atravesábamos el Pirineo con los niños y le decíamos a Guille que su macuto era el espejo del alma, todo en equilibrio inestabilísimo, desplomado, de cualquier manera, daba igual. En casa, no sabía bien por qué, siempre le tocó poner la lavadora y tender. A la vista estaba, lo de él siempre lo más, sí, lo más guarreras, y como, además, en casa pasaban de lejía y todo se lavaba junto y de cualquier manera, pues eso, que la colada en la cuerda ya daba datos sobre la identidad de cada uno ...Y que no se te ocurriera tender mal una camiseta de Lucía, por ejemplo... que la bronca ya te había caído encima. En fin sigamos con el calzoncillo de dibujos rositas. Apuntó un poco de sol entre las nubes, ¡cabrón!, un mosquito metió su trompeta en mi brazo, además se manchó de jabón el pantalón al largarle un manotazo. La culpa era mía por no darme repelente, millones de mosquitos siempre por todas partes... y es que dejaba una pasteta encima que daba pena y, más, después del baño de hace un rato; tan limpio y fresco, echarse ese potingue encima me dejaba otra vez hecho un pringue. Un chorrito verde, frac, frac, frac y se me representaba como en un cinematógrafo un montoncito de rostros de mi novia, la cara de éxtasis de cuando se le aparecía la virgen; bonito ahora el chocolate claro del río bañado de sol; su rostro meloso de chica buena, la seriedad de circunstancias, ese otro de desconfianza, que no estaba seguro que fuera de desconfianza; el miedo, un ruido inesperado, su sonrisa del camino, su ternura. ¡qué complicado era a veces eso! Oí a Clara desde más arriba, ¿Te queeeda mucho?, gritaba desde lo alto del talud. ¡Doooos preeendas!, contesté yo. ¡Voy calentando la leche!. ¡Vale!. Ahora era un calcetín 39-42. Me estaban entrando ganas de quedarse allí, desayunamos, tendemos la ropa y cuando se seque, al final de la tarde, o acaso mañana, nos vamos, maquiné. No tiene por qué haber prisa y así, mientras, leo un rato, escribo, miro lo que dice la guía. Pasé la mano por el fondo del barreño, se acabó. La verdad es que está bien esto de lavar la ropa. Me gusta.

Le cogimos gusto al lugar, nos tomaron el día entero para recrearnos frente al río. Fue el primer día de mano sobre mano, la voluminosa lentitud del agua continuaba allí, a mis pies. Durante el día se fue aclarando el cielo hacia el oeste y aparecieron por encima de la línea de abetos de la orilla opuestas las majestuosas montañas del Monte Logan, una hermosa cordillera que sigue la línea de la costa. Al final de la tarde, el espectáculo, en un momento en que levanté la vista del tablero de ajedrez, se había abierto completamente hacia el sur, dos enormes montañas apuntaban esta vez en el centro de la llanura por encima de la corriente del río, las cumbres del McKinley estaban ahí para recreo de la vista; atardecía, las montañas se vestían con los colores aterciopelados del crepúsculo. La colada ya estaba toda seca.

Parque Nacional de Denali

ALASKA. Recorríamos un país que en los últimos días recordaba una inmensa Asturias cubierta de lluvia y abetos. Era un paisaje dilatado, pesado, algo melancólico. El parque nacional de Denali ocultaba celosamente la cumbre del McKinley tras una masa de nubes. Abandonamos por primera vez el confort del coche, nos adentramos en las montañas con pertrechos para una semana. Tierra salvaje, tierra sin caminos, no había rastro de pisadas; como a la tierra la trajeron al mundo, igual. Fue duro caminar, pero la sensación de tierra inédita y salvaje era extraordinaria. El miedo a los osos alertaba nuestra atención. Los grandes ríos discurrían lunáticos y torrenciales divididos en largos brazos que cruzaban el fondo aluvial de valles que desaparecían tras las nubes. La lluvia nos recogió pronto en nuestra casa de tela. Lluvia que fue regalo de fondo para una larga tarde de lectura al final de una fatigosa marcha.

McKinlely, Alaska

Acampamos temprano junto a un riachuelo cantarín. Polychrome Mountains era el nombre de las montañas que ascenderíamos al día siguiente. El arduo trabajo de atravesar las masas de arbustos fue desapareciendo según se ganaba en altura; el blando y espumoso colchón de la tundra también quedó atrás; hacía arriba se elevaba una ladera de hierba rala ribeteada con una bella extensión de flores alpinas y pequeños arbustos de arándanos.

El paisaje que se abría, según ganábamos altura, era soberbio, de medidas colosales. Las grandes montañas nevadas y los glaciares cerraban por el sur el gran arco del horizonte. A nuestros pies cruzaban los grandes ríos de múltiples brazos, bajaban llenos de luz culebreando desde los glaciares abriéndose paso entre las morrenas o sobre el plano inclinado del valle aluvial. Desde la cumbre nos asomamos a las montañas próximas, áridas, desprovistas de vegetación, el filo de las estribaciones y las cumbres describiendo filigranas tonales sobre el lienzo de la mañana. Posé el zoom sobre sus laderas y recorrí uno a uno los rincones de los valles, desnudos, sobrios, como nacidos de un desierto de arena y roca. Tres horas de subida y una larga y afilada cresta al final asomada al vacío multicolor de los valles, nos habían dejado sobre un mirador que se volcaba como un espectador frente a un cuadro que recordaba las gamas tonales de las pinturas de Tapies. Al sur descendía una fuerte pendiente de rocas color caramelo: el tabaco, el tofe con leche, los matices enteros de un amarillo desvaído que iban cobrando fuerza y densidad hasta hacerse marrón empastado de burdeos.

Por ese paisaje desolado bajamos de la cumbre. Descendimos hasta quedar otra vez sobre los llanos blandos de la tundra. Las sendas que dejan los animales nos llevaron, dando un gran rodeo, hasta el prado donde habían instalado el campamento.

Parque Nacional de Denali, Alaska

El día se puso gris hacia el final y el iglú de tela se convirtió en una silenciosa biblioteca asomada a la corriente del río. Era día de cumpleaños. Sentí, allá, en lo alto, perdidos entre las montañas, la nostalgia metérseme por los rincones del alma; la llamada de los míos, muy lejos de allí, suscitó una repentina sensación de cariño y ternura; me bailó un título en la cabeza, escribí: Os quiero. Dejé un espacio en blanco sobre la libreta y a continuación reseñé una lista de nombres: hijos, sus chicas o chico, algún amigo; continué:

“Os quiero. Así terminaba el último correo de mi hijo mayor. Hemos colocado nuestra tienda en lo alto de un promontorio desde donde se divisan todos los valles adyacentes, a lo lejos está el ancho caudal del río Toklak, cuyo volumen de agua nos ha obligado a dar un gran rodeo. Cuatro horas de caminar duro sobre una tundra de altos arbustos y laderas encenegadas. Nos topamos con un inmenso caribú a pocos metros, algo más allá un águila nos miraba casi apaciblemente posada sobre la hierba.

Se cubrió, después de la comida me tumbé junto a nuestro iglú de material sintético y dejé que la lluvia, un orvallo claro y silencioso, me cayera sobre la cara. Miraba las nubes, los montes de enfrente.

Recordé detalles, en la memoria siempre otros detalles vuestros, mi gente. Después me dediqué a acariciar esos sonidos que titulan el comienzo de esta crónica de viaje de hoy: os quiero. No sé, son las palabras de Guille de ayer, os quiero; me gustan, me dejan el corazón tierno. Puede ser que el caudal de ternura baje a veces con mucha más fuerza y anegue en su ímpetu los prados circundantes. La fuerza de la ternura puede con el rubor, rompe con la timidez y se abre en la mañana de hoy como una flor plena de ganas de vivir.

Os quiero. Miraba a las nubes, cerraba los ojos y me dejaba atrapar por las imágenes que me traían, os quiero. Distintas, heterogéneas, se aproximaban a mí por los cuatro puntos cardinales. Detrás de un beso de despedida hay siempre un te quiero, cierto, pero en este caso era un sonido cristalino de campanillas alborotadas.

Polychrome Mountains, Denali, Alaska

El orvallo arreció y empezaron a sonar secas las gotas sobre mi ropa. Me metí en nuestro iglú sintético. No sé qué voy a hacer cuando se caiga de viejo este iglú, es nuestra salita de los caminos, el viejo iglú de las grandes tormentas del Pirineo, de los aguaceros, de los intenso fríos del Parinacota en los Andes; seguro que el lugar más acogedor del entero Parque de Denali. Ahora las gotas golpean sobre su tela tensa, es un repiqueteo suave que despierta la música de cientos de días y noches amparados al calor de esta bóveda de un metro cuadrado.

Es una tarde larga; aquí, en medio de las montañas más salvajes de Alaska, a la vera del McKinley, el gran señor de este continente que se rodea de glaciares y ríos tumultuosos. La soledad, el descanso que brota del cuerpo como un dulcísimo compañero de viaje, por fuerza nos termina contagiando con las energías elementales de la naturaleza. Os quiero, os quiero montes, os quiero aguas, os quiero nubes, lluvias. El vuelo ampuloso y tranquilo del águila esta mañana, el plácido yantar del caribú, las perdices de ala blanca, esos osos que vamos espantando a voces cuando nos metemos entre los altos arbustos (normas básicas para andar por estos caminos), todo canta esta tarde la misma música.

Y el canto que nació al abrigo de un chirimiri en la tundra necesariamente vuela hoy sobre estas tierras, la isla de Baffin, el Atlántico entero, para despertar a toda la familia.

Continúa lloviendo, el tic, tac sobre nuestra bóveda de poliéster suena suave como una nana. Atardece.

Un beso.”

En días posteriores el cielo se cerró apretadamente sobre las montañas y caminar fue chapotear continuamente sobre una superficie mórbida en donde los pies se hundían para salir chorreando agua. El paisaje había desaparecido tras la grisura intemporal de la niebla. Rehiciemos el camino de vuelta hacia la pista embarrada que recorría el parque del Mackinley.

Junto a un lago, al frente, sobre el agua —una ligera ondulación en ella— las laderas de abetos disolviéndose en la niebla, nos rodeaban cuatro o cinco abetos robustos. Conduciendo hacia el oeste habíamos entrado en la península de Kenai, un típico y bello paisaje nórdico en el dominio de los hielos. Las laderas nevadas comenzaban un poco más arriba de la carretera, el asfalto corría adornado por dos anchas líneas violetas de arvejillas. Los fiordos, el agua calma de los lagos, las laderas perdidas entre las nubes desfilaban apacibles sobre un fondo envueltos en música de Haydn.