Atravesando la taiga

EN EL TRANSIBERIANO. 2. A la mañana siguiente el paisaje fue más abierto; las masas de abedules se alternaban con los prados, abundaban los pequeños pueblos; se veían motocicletas con sidecar, algunas vacas, un camión destartalado; asomaba también la marisma. La irrupción sistemática de lo útil afeaba el paisaje; se maltrata al campo sembrándolo de cemento, torretas, vallas, herrumbre. La historia de este país estaba escrita en las fachadas de las casas de sus pueblos, la llevaban los hombres y las mujeres reflejadas en sus rostros y en su indumentaria; en la mirada de los niños era posible encontrar todos los desafueros de las últimas décadas, las circunstancias que habían hecho que esto fuera lo que es y no otra cosa.

Shasha

Mientras tanto, los pensamientos de mi compañera, Berta, parecían navegar por mares de aguas más cálidas, había levantado los ojos del libro y los paseaba por la mañana del campo. Se abrieron las puertas del compartimento y el encargado de servicio del vagón, previo un leve movimiento de cabeza a modo de saludo, se dispuso a dejar en perfecto orden los pocos metros cuadrados del habitáculo. Los otros pasajeros, dos chinos de apetitos sexuales soliviantados por el nada que hacer durante todo el día, perseguían desde la mañana a la noche a dos hembras de su misma nacionalidad en el otro extremo del vagón; con lo que la tranquilidad del lugar era poco menos que total; los chinos, siempre de parranda, sólo aparecían para comer o dormir. El encargado, de uniforme, barría la moqueta, enderezaba los pliegues de los visillos, amontonaba cuidadosamente las mantas en un rincón, recogía los envases vacíos; todo ello con una primorosa meticulosidad. Era un hombre tímido; pese a ostentar la autoridad del lugar, además de la de ser revisor, mozo, ayuda de cámara, no poder evitar desprenderse de una humilde sonrisa que inducía al interlocutor a dirigirse a él con una cortesía impostada y deferente. El rubio intenso de rastrojo castellano iluminado por el último sol del crepúsculo de su cabello, y el azul suave de mar de sus ojos plantados en su cara regordeta de buena persona, habían llamado la atención de Berta desde el mismo momento que pisara el compartimento para revisar la ropa de cama. Ahora, cada vez que se cruzaba con él, no le quitaba ojo; a su chiringuito, un compartimento en la cabecera del vagón, acudía cuando la sed apremiaba o cuando las bolsitas de té se le acababan, o cuando simplemente tenía ganas de mirar su rostro bonachón y regordeto. La tienda-bar, un cuchitril no más grande de dos metros cuadrados, era el reino de Shasha, que así se llamaba este hombre para todo que aquella mañana empujaba con un cepillo las miguitas del suelo hacia el corredor. A ella le encantaba su sonrisa, su aire displicente y modesto, la manera cortés de abrirle la puerta del servicio; apreciaba incluso cuando pasaba el aspirador por el suelo del vagón, la soltura y la meticulosidad con la que lo deslizaba por los alféizares. Con toda seguridad, pensaba yo, a Berta no podía estar dejándole de pasar por la cabeza la idea de encontrarse cuerpo a cuerpo, como diría Aute, con aquel Shasha. ¿Qué sucedería ¾le confesaría ella en algún momento¾ si en una ocasión en que le estoy comprando chocolate, mientras se aclara con las cuentas (¡qué torpe es el pobre con el dinero!), le doy un empujón, cierro la puerta y me lo meriendo ahí mismo? Lo mismo me deportan por agresión a un funcionario. Y Berta, con el libro en las manos y la sonrisa tonta de una idea feliz en los labios, se lo comía con los ojos entre bromas y serios.

La taiga, siempre igual, pasaba sin pausa; prados, pequeños manojos de diminutas flores blancas y amarillas aparecían de vez en cuando, como un descanso para la vista en el desfilar uniforme de los bosques de abedules, los pinos, los abetos.

La cena: pollo frito, sopa deshidratada instantánea, yogur de grosella y té. De vez en cuando el tren atravesaba una estación en penumbras. Hacia una hora que habíamos salido de Novosibrisk; la capital de Siberia se tendía a la orilla del río Obi. Cerca de la una de la madrugada, dos horas después de haber comenzado una partida de ajedrez, intentaba sacudirme de encima la amenaza inminente de un jaque mate. Tras un largo forcejeo, al que siguió un intenso contraataque, me fue posible convertir la amenaza en victoria, valiéndome del subterfugio de darle a comer a las negras un alfíl que parecía andar en el limbo de las filas del contrario. Era un recurso demasiado fácil que había descubierto no hacía mucho; los programadores de la máquina con la que jugaba habían diseñado un programa que no resistía la tentación de indigestarse con una pieza mayor aunque ello les pusiera en situación de un jaque mate en no menos de cuatro o cinco movimientos. Aunque mi yo quedaba halagado cuando la señal roja del jaque mate comenzaba a parpadear sobre el tablero, no dejaba de ser una victoria contaminada por el fácil recurso del engaño.

Estaba tan absorto concentrado en la partida de ajedrez, que la luz de la madrugada se había ido disolviendo hasta quedar en un mero hilacho de claridad sobre el horizonte, sin que llegara a apercibirme de una oscuridad en la que apenas podían rescatarse ya las forma de las fichas de ajedrez. El vagón vivía un extraordinario silencio. Desfilaban las siluetas de los abetos, el bosque oscuro; percutía leve la cadencia sobre los raíles; la suavidad de la temperatura era como un perfume filtrándose en la oscuridad. Arrellanado sobre el asiento, con la cabeza vuelta hacia la ventana, recordé una noche en Laponia en la que leía La Isla del Tesoro frente al foco de la linterna mientras fuera la luz de medianoche del Ártico remontaba el camino de la mañana. Toda la familia pernoctaba en la pequeña furgoneta. Fue una madrugada mágica que flotaba con intensidad sobre la maraña de la memoria. Apenas acaba de despedirse el día cuando ya la luz del sol se alzaba leve envuelta en el traqueteo reiterado de la mañana.

Compañeros de viaje

Las huertas habían irrumpido frente a la ventanilla engastadas en un paisaje de prados entreverados de arbustos. Consciente de que los otros pasajeros no tardarían en levantarse, traté de dormir; sin embargo la luz se me colaba ya por los párpados. Me cubrí con la manta la cabeza, dormité; me ahogaba, retiré la manta, me volteé, me puse boca abajo; intenté aislarme de los ruidos del compartimento. Fue inútil, siguieron minutos de ajetreo, el tren entero parecía ponerse en movimiento, los pasajeros de arriba discutían, sus risas traspasaban mis oídos; momentos después sentí en el cuello unas salpicaduras, el chino de la litera superior rociaba con su sopa mi cabeza, los sorbidos que hacía para engullir los espaguetis traspasaban el grosor del colchón y penetraban en mis tímpanos como un gargarismo estrambótico producido por una profunda cueva marina. El sueño tiraba de mí con fuerza. En el compartimento no debía de haber ya menos de cinco o seis chinos esa mañana, todos sorbiendo sus respectivas sopas de espaguetis y hablando a voz en grito. Del pasillo llegaban otras voces; el traqueteo me afianzaba sobre el colchón. Quedé transpuesto, me reencontré con un par de sueños de horas antes. Tan pronto en uno cargaba con los esquís sobre los prados de la Pala de San Martino, en las Dolomitas italianas, en la hierba del verano, como me enfrentaba en otro a una pecosa jovencita de aspecto chino-finés de largas trenzas pelirrojas cayéndole por la espalda. En esas circunstancias se me ocurrió que podía hacer una excursión. Le miré la cara a la chino-finesa, su rostro inexpresivo no me decía mucho, pero se puso unas bragas negras y entonces me gustó algo más. El sol de mediodía se colaba por las sábanas, un chino me dio un rodillazo mientras las gotas de sopa volvían a caerme desde arriba en el cogote. No entendía por qué coño había traído los esquís a la Pala de San Martino. Como me seguía un grupo de excursionistas disimulé estar buscando algo junto al camino para dejarles pasar, tenía que descifrar ese absurdo en seguida. Estaba dentro de un calor confortable, quizás el chino terminará sentándose en el borde de mi litera, pensé. Volví a los ojos indiferentes de la chino-finesa, imaginé alguna de esas curvas sugerentes que a veces me encontraba en los caminos del deseo; me topé con una en la que sí parecía haber fuerza suficiente para empezar, se elevaba ondulante y atractiva, quizás un tanto indefinida, pero era eficaz, me calentaba el cuerpo. Cerré los ojos con fuerza intentando huir de los sorbidos del chino, el calor me llegaba ahora más arriba y se filtraba por algún lugar de la espina dorsal. Intenté recuperar algunos otros sueños de la noche pero no fui capaz, sólo recordaba el lechoso y largo amanecer sobre los abedules, el tren en silencio, los últimos movimientos del alfil y la reina negros acorralando mi rey en el rincón izquierdo, la sensación de impotencia, la esperanza de un descuido que me permitiera hincar el diente en la yugular de las blancas por un movimiento de mi reina hasta el escaque A4, el punto definitivo que convertiría mi derrota en victoria. Los sueños se habían desvanecido y tenía que apencar con lo único que me quedaba: la muñeca finesa; pero la muñeca chino-finesa no tenía deseos y sus bragas negras eran postizas. Sólo los guarros y aparatosos sorbidos del chino volvieron a sacarme del estancamiento. Oficio de voyeur, juego delicado de los sonidos y combinaciones, fondo de conversaciones, chapoteo delicado en la concavidad oscura de la noche. Los puños cerrados, tensos los músculos, la suave lentitud de las imágenes. Tierra de nadie, tiempo de espera, el páramo, el bosque, la luz ahora tenue filtrada por una capa de nubes ligeras; el chino, mi finesa, Berta recogiendo la cama, el revisor en el compartimento de al lado pidiendo el pasaporte. En fin. La evidencia del nuevo día estaba allí, me rendí, tuve que levantarme.

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En el Transiberiano

MOSCÚ, PRIMERA ENTREGA. Mi carrera matinal de hoy tuvo el recuerdo recurrente de las líneas que había recibido la noche anterior de mi amiga Marga. Mañana te hablaré de la glucosamina y la condroitina, decía en el asunto del mensaje. Y es que dos años atrás los traumatólogos, después de observar la resonancia de mi rótula izquierda, me desahuciaron para las actividades de la montaña, tampoco podría correr más, me dijeron. Fue demasiado para mi ánimo, me brotaban las lágrimas cuando, paseando por la Casa de Campo, me cruzaba con animosos corredores; suponía abandonar mis travesías por los Alpes y Pirineos, mis paseos por la Pedriza, y en particular ese maravilloso reto que había empezado a ser para mí en los últimos cinco años correr en primavera el Maratón de Madrid. Ahora como mucho aspiro a participar en la San Silvestre, de ahí esta asiduidad última de correr a diario todas las mañanas, siempre cuidadosamente con un ojo en el camino y otro en mi rodilla. Marga, que es osteópata, me dice que es posible que vuelva a correr maratones. Que los hados la oigan.

En Moscú también corría todas las mañanas, los cinco o seis días que permanecimos allí. Recuerdo que hacía un calor insoportable entonces. El día que nos despedimos de Valentina y su marido, los dueños de la casa en donde nos habíamos hospedados, hubo un acto sencillo que nos conmovió; nos pidieron que nos sentáramos con ellos alrededor de una pequella mesa y les acompañáramos en silencio. Permanecimos así durante algunos minutos. Esa fue su despedida. Su silencio nos deseaba largo y venturoso viaje, seis meses de vagabundear por Asia. Una hora después tomábamos posesión de nuestro compartimento en el Transiberiano. El recorrido hasta Manchuria nos llevaría una semana.

El calor en el interior del compartimento era insoportable; alguna incomprensible ordenanza parecía prescribir el hermetismo de puertas y ventanas. Un enigma, después de todo estábamos en Rusia y no era cosa de ponerse exigentes; de momento esperar y sudar.

El misterio del legendario tren estaba a punto de desmoronarse, aquello se parecía mucho a los viejos expresos de los años setenta en los que hacía, al principio de las vacaciones de verano, el recorrido Madrid-Port Bou camino de Italia. Únicamente lo diferenciaba el empeño claustrofóbico con que las autoridades ferroviarias mantenían cerradas a cal y canto puertas y ventanas bajo el inclemente sol de la hora de la siesta en un día en que la capital moscovita era arrasada por una ola de calor capaz de acabar con una voluntad de hierro.

El tren dio un tironcito y se puso en marcha. Recordé las tantas veces que había soñado con ese viaje exótico a través de la taiga, cómo entonces mi imaginación dibujaba las largas horas de tren acompañadas de lectura, de mirar el paisaje plano de la estepa. Ahora los tiempos del romanticismo habían mermado mi capacidad de asombro y observaba con curiosidad las expectativas de entonces como si aquello hubiera sido soñado por otra persona. Recordaba mi primer largo viaje en tren por la las orillas del Ganges, una apacible tarde cayendo dorado el sol al fondo, el tren semivacío, los campos pasando apacibles junto a la ventanilla. Desde aquel viaje solitario habían transcurrido no menos de quince años, el tiempo suficiente para que nuestros hijos se hicieran mayores y pudiéramos pensar en estrenar la autonomía que se nos había venido encima con su emancipación.

La temperatura descendió algo con el movimiento. El tren corrió enseguida por un larguísimo corredor abierto en el bosque, uniforme, igual por cientos de kilómetros. De vez en cuando aparecían en los claros unas pocas casas de madera con tejado de latón oscurecido por los años.

Había transcurrido la primera noche, se dormía bien en el tren, el suave traqueteo era como el balanceo de una cuna. La temperatura se mantenía en un punto que hacía agradable la estancia en el compartimento. Mi cuerpo disfrutaba de una admirable tonicidad, y parte de ella se la debía a esa pequeña habitación en la que viajábamos y en la que no faltaban esos detalles que siempre eran de agradecer: una mesa para trabajar junto a una gran ventana, la estantería para los libros, el diván para sestear o leer, la despensa bajo el asiento... Nada faltaba en estos tres metros cuadrados. El tren paraba a horas precisas en lugares donde era posible comprar comida; el agua caliente estaba siempre disponible para acompañar el traqueteo con un té; todas las necesidades parecían cubiertas. Ser lector a tiempo pleno me producía un alivio inesperado.

Hacía dos años que la muerte de mi madre me había situado en el umbral de un tiempo distinto, y ahora no sabía muy bien qué era lo que tenía que hacer conmigo mismo; muchos de mis proyectos últimos mostraban ese algo de incertidumbre que produce encontrarse delante un pedazo de vida con la convicción de que es el momento de hacer con ella lo que a uno le viene en gana. Entonces, la circunstancia de la muerte de mi madre nos había impelido a emprender un largo viaje al que nosotros nombramos humorísticamente como de reconocimiento, algo así como querer comprobar que efectivamente la tierra daba vueltas o que el estrecho Magallanes no había sufrido grandes percances desde la primera circunnavegación de la Tierra. La sólida estructura del planeta podría confirmar plenamente los efímeros apresuramientos de nuestras vidas; la perspectiva alumbrada por centenares de horas de viaje quitaría marras a los pomposos interrogantes con que la orquestación social y la educación habían llenado desde la infancia nuestros cerebros deseosos siempre de trascendencia y culo calentito junto al radiador los meses de invierno. Era el momento de echarse a la vida con los puesto. En aquellas fechas tomamos unos meses de vacaciones y volamos hacia la Patagonia, tierra mítica hasta entonces en cuyo borde occidental se levantan los Andes con la mole granítica del Fitz Roy presidiendo todos los sueños imposibles de una juventud que definitivamente se había esfumado. Regresamos cuatro meses después; tras los primeros momentos de euforia, pasadas las largas tardes de ver las espléndidas diapositivas del viaje, la aglutinación de los recuerdos en torno a las montañas heladas del archipiélago chileno, los magníficos colores del desierto de Atacama, el mundo idílico surcado de flamencos de los alrededores del Parinacota coronado de sus nieves perpetuas, en fin, la selva del río Beni en Bolivia, los valles del Inti-Illimani y los Jungas... pasado todo eso, entrados de nuevo en la vida cotidiana, en el trabajo, parecía como si los días se transformaran, en aproximaciones desganadas y cautelosas, hacia la verdad inconfundible del tiempo que se pudre entre las manos, que yo aceptaba con muy mala gana y que parecía sobrellevar con la esperanza de obtener unos pocos réditos, unos pocos proyectos con que alimentar el futuro. En fin, me horrorizaba la comodidad en la que me veía naufragar en esa tierra de nadie que era la llegada a los cincuenta.

Atravesamos un apacible valle salpicado de casas de madera que se reflejaban en las aguas del río. Atardecía. Un hilo de neblina cubría las laderas. El tren se balanceaba suavemente con el traqueteo acostumbrado. Acabábamos de dejar atrás los Urales, los dos chinos del compartimento se habían dormido y la débil luz a la cabecera de mi litera alumbraba las primeras páginas de Un héroe de nuestro tiempo, de Lermontov. El silencio del vagón y las sombras de los abedules pasando ligeras más allá del cristal de la ventana del compartimento invitaban a dejar vagar los pensamientos de aquí para allá. Estábamos en Asia, me decía; pero la idea no me sugería nada en especial, me sentía a gusto, relajado, había disfrutado de un ocio inusitado durante todo el día; ocio que había entretenido en leer y en jugar al ajedrez. Sólo cabía estirarse en la litera entre las sábanas y procurar un sueño relajado. Una apacible manera de atravesar Siberia. Eché una ojeada a la ventana, una medio luna iba y venía por encima de los árboles.

La imagen de los pueblos decrépitos que atravesábamos a lo largo del día me servía en esos momentos de reflexión, era inevitable colocar aquella imagen junto a la demencia con que los gobiernos rusos habían gastado durante décadas las rentas de su patrimonio económico y humano en colocarse con EE.UU. a la cabeza del mundo en poderío militar, a la vez que destinaba cantidades irrisorias a sanidad o a la educación; gastaron miles de millones en ejércitos por todo el mundo. Me irritaba la constatación de estos anacronismos; recordé el grito aquel de “Me han robado la vida”, que relataba Carlos Taibo en Crisis y cambio en la Europa del Este , y que repitió demencialmente una mujer durante tiempo, a la vuelta de un corto viaje a Alemania. El extremo contraste entre ambos países era demoledor.

Estos caminos de tierra, de rodadas profundas en el barro, los bosques, las aldeas, eran el paisaje de los relatos de Pushkin, Chejov, Gogol, Babel. La nieve, las charreteras de sus militares, los caballos, las posadas, desfilaban por mi memoria con su procesión de lecturas acumuladas. Sin embargo, desde el tren, lo que veía eran aldeanos rudimentarios, casas de madera en condiciones míseras; era difícil imaginar en ese cielo plano los apasionantes personajes de Dostoievski, incluso la enorme dimensión de los espacios en Boris Pasternak y Tolstoi quedaban menguadas en esa reiteración de un paisaje que se repetía a sí mismo por centenares de kilómetros. No, no me gustaban los tejados de cinc, esa invasión de lo feo en el mundo era una plaga de mal gusto. Las afueras de algunas ciudades parecían una colección de contenedores.

(Fin de la primera entrega)

entenares de kilómetros. No, no me gustaban los tejados de cinc, esa invasión de lo feo en el mundo era una plaga de mal gusto. Las afueras de algunas ciudades parecían una colección de contenedores.

(Fin de la primera entrega)


De la mano de Borges y Poe

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BARILOCHE, ARGENTINA. Me levanto, me doy una carrera de media hora —el campo está hermoso en esta mañana ya de invierno—, y un rato después me encuentro sentado frente a la ventana de mi cabaña dispuesto a tomar la decisión de ver a dónde viajo hoy. Antes, mientras hacía reiki, ya me había visto en una madrugada en un rincón de los Andes. Alenté mientras desayunaba mis sensaciones de aquellos días.

En Bariloche terminaba definitivamente el otoño, nuestra primavera de Madrid. Repaso mis anotaciones. También en mi cabaña hace frío; dejo el ordenador y busco el sol que entra ya hasta el fondo de la habitación; me siento en un sillón, ahora ya bañado por la luz matinal, y leo mis notas de entonces. Hacía un frío del carajo en la buhardilla donde dormíamos con la ventana abierta —un capricho que llenaba el cuerpo de rocío y los ojos del brillo de las estrellas—. Un rústico cuarto de baño revestido de madera, el cálido chorro de la ducha, la nieve cayendo despaciosa tras el ventanuco frente a la ducha.

Por fin, frente a unas tostadas y un té humeante, junto a la estufa de leña de nuestra buhardilla barilochana, podía, descansado, echar la vista atrás. Habíamos viajado durante doce horas continuadas desde el Parque Nacional de Lihue Calel, en la Pampa; distancias increíblemente dilatadas para las que costaba encontrar autobuses que las atravesaran durante el día, con la consecuencia de sólo poder admirar el paisaje en las horas del amanecer y del crepúsculo. Autobuses cómodos como para vivir en ellos, en los que no falta nada y en donde uno se aposentaba como para pasar el resto de sus días en él, soñando, durmiendo o leyendo, como fue mi caso en una gran parte del recorrido. En aquella ocasión era Borges, su relato Pierre Menard, autor del Quijote. La energía que gasta Borges para inducirnos a aceptar “su realidad” en parecidas condiciones de igualdad que eso otro que llamamos, tan seguros nosotros, curiosamente, también realidad, es bastante superior a aquella de que hace empleo García Márquez, que apenas se molesta en montar el escenario y simplemente nos hace observar que en aquel momento Melquiades atraviesa con su alfombra voladora por el hueco de la ventana. Sin embargo a ambos terminamos creyéndoles, quizás porque su realidad está más fundamentada que la nuestra, que sólo es cosa de mirar y palpar, como Santo Tomás, mientras que la de ellos se tiene en pie por obra y gracia de un sofisticado mecanismo que aprovecha de la especial característica de nuestro cerebro para interesarse por un relato bien trabado. Pierre Menard escribe el Quijote, y la única diferencia entre él, Cervantes, y cualquiera otro que publique en volúmenes las etapas de su labor es que él resuelve en todo caso perderlas. La creación es una especie de sortilegio que empieza y termina como un fuego fatuo en los límites de nuestro cerebro. En cualquier caso Pierre Menard no puede imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

Nuestra sed de encantamiento es tal, que desearíamos recluirnos en ese jardín y no salir de él más que para atender a las pedestres cuestiones de la vida práctica. A fin de cuentas, el jardín encantado de nuestra imaginación, aun nutriéndose del mundo externo, tiene la enorme ventaja a su favor de ser nuestro en lo que atañe a su organización y expresión; una creación propia, que por el hecho de serlo alimenta y calma nuestra sed de ser.

Antes de llegar a Bariloche, el autobús había rodado sobre el paisaje desértico de la Patagonia, para entrar más tarde en el Valle Encantado (valles y jardines: ¡acogednos!), en cuyo fondo, el río, acompañado por las masas de los sauces dorados corría encajonado entre farallones de color miel. Llegamos definitivamente a Bariloche cuando caía el regalo de una nieve blanda y navideña, la primera nevada del año.

En el hotel buhardilla nos encontramos con Jim, un joven californiano que daba la vuelta al mundo en bicicleta; charlamos hasta caernos muertos de sueño. Las cuatro de la mañana.

La nevada de la noche había dejado el regalo de un hermoso manto blanco en la ciudad y sus alrededores. Como no era cosa de arredrarse, nos abrigamos, metimos unas cuantas cosas en una pequeña mochila y nos fuimos camino de las montañas a dar una vuelta. Una vuelta que se convertiría en una marcha de seis horas a través de la nieve valle del Challhuaco arriba hasta llegar al refugio de Neumeyer, un edificio de madera con dos de sus fachadas cubiertas por una enorme cristalera. Estábamos en medio del Parque Nacional de Nahuel Huapi, un paraíso sembrado de montañas nevadas y lagos de ensueño.

El final de la tarde transcurrió entre mate y mate al calor de la estufa donde se secaban humeantes nuestras botas; al estudiante californiano se sumó un fotógrafo argentino; la tertulia se prolongo nuevamente hasta entrada la madrugada.

Al día siguiente aprovecharíamos un día de sol para pasear por el bosque de Llao Llao. Arrayanes, ñires, un ejemplar de amancay. La luz llegaba débilmente hasta los arrayanes, pero aún así ello no impediría hacer alguna excelente toma de ese rincón de ensueño.

De aquellos días recuerdo esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas.

De aquellos días recuerdo esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas. ..

Recuperar el pasado.

IRLANDA Y PESSOA. Es necesario poder rescatar de la memoria, o incluso de lo que ya ni siquiera está en la memoria, y que acaso sí dejamos escrito en algún lado, un viejo cuaderno, un disco duro, o si no reflejado en algunas instantáneas, porque llegarán días, intensos momentos que van a depender de que tengamos a mano un buen trozo de pasado que mirar y redescubrir; hechos y circunstancias con que congratularnos y pasar la tarde como quien lo hace junto a su enamorada; algo que va a depender de que tengamos a mano un buen trozo de nuestra propia existencia. Enamorados de nosotros mismos, viviéndonos en la intensidad del presente con los réditos de nuestra propia existencia pasada. Y es que nuestra atareada vida, la falta de conciencia con que vivimos, necesita de ese feet back sin cuya concurrencia nos estaremos perdiendo el gusto de apreciar lo que somos y hemos vivido.

No es que sea partidario de conservar, ese desván repleto de trastos que no sirven para nada, esa cantidad de objetos que guardamos “por si acaso”; no, no es el caso, se trata de recuperar la densa plenitud que recorrió en algún momento nuestro organismo, las vivencias que dieron consistencia a lo que somos.

Por ello deberíamos caminar dos paso hacia adelante y uno para atrás, a fin de ir recogiendo de nosotros mismos las instancias y las iluminaciones que no fuimos capaces de digerir en su momento. La conciencia del yo abastecida por la propia autoconciencia del pasado que no fue suficientemente tenido en cuenta; profundización en nuestro ser diacrónico para llegar a un mayor entendimiento de nuestra realidad.

Algo de esto tiene el ejercicio de estas páginas, y a ello me dedico hurgando en los libros. Hoy, por ejemplo, leo a mi hijo menor, Mario, en una lejana correspondencia, un día que viajábamos por Irlanda y recibía de él correos sin pies ni cabeza, y que ahora, después de años, miro de otra manera reconociendo que tenía toda la razón de un santo. Esto leía en un correo: “No entendéis nada, chicos (nosotros, sus padres. Respondía en su carta a nuestro requerimiento de que no fuera tan críptico, y tratara de ser más ordenado en su escritura), yo no escribo filosofía, no escribo poesía, no escribo relato, ni siquiera escribo para entenderlo. Cuando escribo de esa manera es porque me entra un yuyu de escritura no pensada. Voy andando, el estómago me oprime, llego a la sala de informática, espero impaciente a que se encienda el ordenador, y una vez puedo empezar escribo a una velocidad que no me permite pensar demasiado en lo que digo. Escribo para desahogarme”. Era eso, por entonces corría por su interior tan salvaje corriente que su escritura no podía corresponder más que a la fuerza del vivir, sin tener apenas en cuenta el contenido de esa misma vida.

A veces no necesitaremos recordar hechos concretos, bastará reconocer la fuerza de que estábamos imbuidos. Esa es la esencia de nuestra realidad buscada: recuperar no tanto los hechos como las emociones y las sensaciones. Ejercicio nada fácil que requiere no tanto hacer algo en concreto como “ponerse en condiciones de”. Ponerse en “condiciones de” y esperar pacientemente, tirando del hilo, despacio pero teniendo firme la presa, tirante el sedal para que no se nos escape la pesca. ¿No sucede así con esas sensaciones que se nos acercan inesperadamente trayéndonos un trozo de emoción, una erección, un recuerdo grato, una intuición con la que haremos un poema o fabricaremos una carta para un amigo? ¿No son esos maravillosos regalos de la naturaleza los que hay que aprovechar?

Quizás uno de los beneficios más notorios del hecho de viajar sea esta recurrente posibilidad de cerrar los ojos y encontrarse en el otoño de Killarney, Ballyburnion, Cong, Westport, Dublín, Cork en un esplendido mes de noviembre, rodeado, por demás, a cada momento, por la gente amable que habita esta isla. Pessoa, que era un pesimista iluminado, decía que “la verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto”. A Pessoa le gustaba atesorar sensaciones, es lo mejor que tenemos, decía; pero Pessoa apenas se movió de Lisboa; restringir la experiencia nos empobrece. Su Libro del desasosiego habría sido todavía más luminoso si hubiera podido vivir en Irlanda una larga temporada.

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De la luz y la ceguera

IRLANDA. También allí era otoño. Tras un viaje de medio año que, comenzado en Moscú, atravesado Siberia y China, y, visitados los lugares notables de Bangla Desh, India, Nepal e Irán, terminó, tras un vuelo entre la isla de Bahrein, en el Golfo Pérsico, y las tierras irlandesas, dejándonos en medio de un otoño espléndido, en donde nos esperaba Guille, nuestro hijo mayor. Con él y sus amigos Maru y Alberto recorreríamos este país de gente amable y tierras nervadas, entonces, por el esplendor de los colores que preceden al invierno.

Allá no sorprendió una mañana esta carretera enlucida por el agua que la tormenta había dejado tras de sí.

Y se hizo la luz, y la luz habitó entre nosotros. Y la luz tapizaba las carreteras de Irlanda; el asfalto, un rayo luminoso de otoño que culebreaba por el medio de la mañana como buscando al final de sus ondulaciones un trozo de mar brillante en donde zambullir esta repentina efervescencia de lúmenes bailoteando sobre su superficie rugosa y oscura, ronroneaba bajo los neumáticos. Era grato embarcarse en la mañana sobre cuatro ruedas y salir a la caza de la luz, la luz sedosa, la luz dura, la luz despertando desde el asfalto y escurriéndose hacia los bosques para instalarse en las ramas desnudas; la luz dibujando sombras espectrales rigurosamente oscuras sobre la mancha neutra del cielo.

Recordaba Ensayo sobre la ceguera; Saramago convirtió la ceguera en una sobreabundancia de luz, la luz desapareció sobre los ojos del mundo para hacerse un mar de leche indistinto. Es una idea imposible, tan imposible como que Vivaldo, —el personaje de Another Country, en la novela de Baldwin, que leía en estos días—, se pase una noche en la cama de Eric. La luz debe iluminar para ser luz, debe matizar las ondulaciones de asfalto que yo apreté, unas sobre otras, con mi zoom para aproximar lo lejano y jugar con las distancias; la luz debe poder jugar en la superficie de sales de plata al ritmo que se le marque. No, la luz no puede ser ciega. Saramago debió de equivocarse al pintarla como fondo por donde se mueven todos sus ciegos.