Hacia Tombuctú

DAKAR-BAMAKO-TOMBUCTU. 2 “¿Qué vamos a hacer?”, leía en aquella ocasión en Posesión, el libro de Byatt. Estaba con la correspondencia entre Christabel LaMotte y Robert Ash. El largo viaje invitaba a reflexionar. Hacía unas horas Demba se había empeñado en regalarme una fotografía en la que aparecía él con su novia, una joven senegalesa pintada como un cromo, que se abrazaba a su novio con una cara de embeleso propia de algún meloso culebrón de televisión. Eso que con sus múltiples variantes llamamos amor. También él se derretía por su chica negracomoeltizón.

Volvía a hacer un calor espantoso dentro del autobús, estacionado ahora en la calle de un pequeño poblado. Los pasajeros buscaron alivio fuera del vehículo, mientras otros bajaban su equipaje después de revolver en la torre todo su contenido a la búsqueda de algo que una simple previsión habría hecho que colocaran aparte. Luego el conductor anduvo hurgando en el motor por enésima vez. Después desapareció. Los viajeros que aguardaban sentados a la sombra de un muro frente al autobús, tuvieron tiempo suficiente para ver cómo la sombra desaparecía y el espacio de la calle se hacía puro sol. Terminaron por dispersarse por los alrededores buscando agua o un entretenimiento en donde matar el tiempo. Esperábamos en una calle polvorienta inundada por el olor acre de la basura y donde el sol caía a plomo a las once de la mañana.

¿Qué se puede hacer, ahora, aquí, en África? A fin de cuentas la vida es un continuo interrogante, un qué hacer a cada instante. Qué se podría hacer y no se hace porque el país, la gente están inmersos en una realidad global que arrasa la posibilidad de redención de los individuos. Y era el sida, la carencia de agua potable, la falta de iniciativa, la ignorancia, la suciedad, la dificultad de mantener una higiene. Era desesperanzador viajar por esta parte de África, asumir que durante décadas estas tierras habrían de vivir en la miseria, bajo el signo de una mortalidad escalofriante, mientras el resto del mundo disfruta un eufórico progreso, con un vergonzoso nivel de vida que llena impúdicamente los programas televisivos que llegan a este charco de miseria minuto a minuto estimulando la única salida posible, es decir, saltar de cualquier manera por encima del mar para encontrar un trabajo en Europa. La patera parecía ser la única solución posible para este continente. La calle apestaba, el autobús yacía a pleno sol, vacío y solitario como un cadáver que no fuera a moverse más.

Mi entusiasmo africano se desmoronaba. Me entraron unas enormes ganas de huida. La desesperante ineficiencia, la mugre, la convicción de que sería imposible que África superara nunca los siglos que la separaban del resto del mundo, mermaban mi gusto por el viaje. También había miseria en la India, pero era una miseria de distinto signo, menos mineral. En África subsahariana no transcurre el tiempo, todo parece destinado a seguir igual por los siglos de los siglos, aquí apenas cuentan los milenios de cultura que el hombre fue acumulando en sus huesos.

¿Qué haremos? A mí me interesaba más el mundo sutil de Byatt que todo esto. La posibilidad de encontrar la síntesis, de acceder a las creaciones de la cultura y el arte, de aprender a ver los matices y las implicaciones, a discernir tonalidades. Estar liberado del trabajo de la subsistencia, de la impetuosidad de la presencia de los acontecimientos para dedicarse a las cosas del espíritu, al amor, al arte. África había empezado a quedar muy lejos en mi ánimo.

El autobús dio una breve señal de vida, arrancó con un ruido un poco asmático, dejó una nube de humo en el aire y volvió a callarse. Miraba pasar a una mujer con su acostumbrado paquete a la espalda, en esta ocasión un niño de algunas semanas. Su cabeza colgaba como una calabaza fuera del refajo. Me estremecía verlo, me costaba creer que no estuviera ya desnucado, tal era el salvaje balanceo a que se veía sometido. ¡Era tan diminuto su cuerpo! Una estampa muy folclórica, una mujer, un llamativo vestido color mostaza, y un recién nacido a la espalda moviendo la cabeza como un badajo dentro de la mísera campana de la calle.

Demain matin, demain matin, se oía entre los pasajeros. Quizás llegaran al día siguiente. Estábamos a doscientos kilómetros de Bamako.

A fin de cuentas tantos milenios de trabajo deberían hacer posible la dedicación plena a lo que da profundidad y significación a la vida, por más que la vida no tenga sentido. El qué haremos me sonaba entonces como un grito retórico que necesitara llenarse de significado. Era necesario dar las gracias a los hombres y mujeres que durante milenios habían trabajado para hacer posible que uno pudiera plantearse estas cosas. Algunas mujeres golpean en la ventanilla desde fuera con una lata; piden comida. ¿Qué haremos? En mi cabeza volvía a sonar como una tarantela el interrogante.

No habíamos andado diez minutos —caminar enfermo y renqueante— cuando el autobús volvió a detenerse en las afueras de Keyes. Nuevo control policial. Esta vez tocaba registro a fondo. Mientras se realizaba éste, el conductor y su ayudante se dedican a labores de mantenimiento, desplazan una tapa en la parte central del autocar, a la altura de su asiento, y desarman la bomba del gasóleo. Yo empezaba a soñar con interrumpir este viaje para finalizarlo en la isla de Hierro o Lanzarote. El gasoil se salía a chorros por las juntas.

Anocheció. La masa humana del autobús se cocía. La tierra roja, llena de grandes agujeros, obligaba a una velocidad ambulante, una larga derivación por una pista anchísima a la búsqueda de un paso. Y dentro todo era agobio y sudor. La lata herrumbrosa en la que viajábamos parecía estar destinada a convertirse en habitáculo vitalicio. El acre olor del sudor de los cuerpos invadía el angosto y sofocante espacio del autobús.

A medianoche tocó vivac bajo la luz de la luna en medio de la carretera. Esta vez hubo más suerte, dispusimos de grandes esterillas que unos avispados críos, conocedores de las vicisitudes del transporte africano, vendían en la oscuridad de un descampado. Hacía tiempo que el agua potable había desaparecido. Hube de beber de sospechosos recipientes, líquidos teñidos de té o café. No había otra opción. El campamento se instaló en la misma carretera, delante del autobús. En torno a su esterilla los vecinos departían; me encontraba entre un grupo de instruidos emigrantes que recorrieron el mundo con trabajos de tres cuartos, pero que conocían de la política mundial y sabían bien a quienes había que bendecir y a quien abominar; entre los elegidos estaba Hugo Chávez, que gozaba de gran prestigio entre los concurrentes. Asombraba el conocimiento que tenían sobre España, Europa, Estados Unidos. Un senegalés, un enorme individuo procedente de Gambia, un maliense, Demba, las dos chicas de Nigeria. Las esterillas se habían extendido sobre el suelo formando un mosaico colorista que era frecuentado por distintos pasajeros; también estaba la niña Sandra, la guapa Sandra, con la que yo hacía dibujos en mi bloc de campaña. Era una charla agradable en este principio de madrugada; en medio de la oscuridad llegaban de lejos las ofertas de los vendedores, bollos, leche, café, mazorcas de maíz, poco más.

Los durmientes empezaron a movilizarse a las cinco de la mañana, se oía por todo el campamento el bonjour de rigor, avez vous bien dormi? Demba, mi autoacogido senegalés dormía como un lirón en medio de mi esterilla. Demba quería que yo le enviara a Brazzaville una carta de invitación para poder trasladarse a España. A estas alturas se me había pegado de tal manera que no me dejaba a sol ni a sombra. Cada vez que paraba el autocar intercambiábamos invitaciones, él venía con un refresco y yo le invitaba a un café au lait. Yo no dejaba de pensar, viéndole dormir en mitad de la esterilla, en qué se podía convertir aquel negro sonriente y complaciente si llegara a instalarse por unos días en mi domicilio.

Tercer día de viaje. Me sentía bien dentro de esa negritud viajera dispuesta a sobrevivir con un plato de arroz, un poco de agua y un trozo de suelo donde descansar de las fatigas del camino. Estaba increíblemente sucio, los pantalones, la camisa, el calzado, el macuto, todo se encontraba embebido de polvo, sudor y arena. La contestación al qué haremos del día que comenzaba se nutría del cansancio, la suciedad y de esa sensación de desesperanza que embarga a uno viajando por estos países. Tampoco ayudaba el paisaje que se repetía llano y reiterativo desde que subimos al autobús. Tampoco ayudaba la cochambre y la pobreza que adivinaba irían creciendo y creciendo hacia el este.

A las cuatro de la tarde el autobús entraba en Bamako. El tiempo apremiaba para tomar esa misma tarde el barco que, Niger arriba, me llevaría a Tombuctú. No podría esperar en Bamako una semana para tomar el siguiente barco. Ya tendría tiempo al regreso de parar algunos días en la capital.

El final de una pesadilla, que fue el viaje en autobús, no tardó en convertirse en el principio de una nueva inquietud. Apenas llevaba medio día a borde del barco que me llevaría desde Bamako a Tombuctú, a través del río Níger, cuando tuve la impresión de que aquel viaje no iba a terminar bien del todo. Me habían adjudicado un reducida cabina en el primer nivel. Nada más abrir la puerta el encargado, el olor acre de la descomposición me recibió como una bofetada; el sudor, la miseria y la suciedad poblaban aquel habitáculo desde hacía décadas. Subí a cubierta; allí sin embargo la vida era una fiesta, la megafonía hacía vibrar los cristales, un volumen muy al gusto de los pasajeros que bailaban apasionadamente ritmos africanos bajo una noche estrellada. Niños, jóvenes, mayores, parecían llevar la música en el cuerpo.

Durante tres días fui sacando penosamente tomas de todo cuanto veía desde cubierta. Era un mero impulso del deber. La delicada luz del amanecer o del crepúsculo con los barcos de los pescadores al fondo, el desierto besando las aguas del río, la negritud y los colores de la vestimenta de las mujeres vendiendo sus mercancías a los viajeros desde los improvisados muelles de la orilla. Un variopinto paisaje humano que miraba con el estómago revuelto, sintiendo pasar el tiempo increíblemente lento, pesado, azorado por el sol y por el calor.

Había abandonado definitivamente mi cabina donde sonaba siempre una música estruendosa que la familia que la habitaba se negaba a interrumpir hasta bien entrada la noche; los colchones de goma espuma sin cubierta, mugrientos, los restos de comida por los suelos... tan increíblemente sucio todo; fue imposible permanecer allí. Me instalé en uno de los pasillos de cubierta. Soplaba el viento, hacía frío. El segundo día empecé a sospechar que mi organismo no estaba bien, había perdido completamente el apetito y tiritaba. Un negro pesimismo me invadió. Me arrebujé dentro de mí y pasé dos días más tumbado a la sombra, en uno de los corredores. Al mediodía me levantaba e iba a alimentarme al bar, pedía leche y galletas, lo único entre lo que allí se vendía que mi cuerpo no rechazaba. La comida del barco era imposible digerirla.

El último día la fiebre subió a cuarenta grados. El barco atracó al mediodía en las cercanías de Tombuctú. La legendaria ciudad fue sólo el fondo de una pesadilla. Demoré allí sólo el tiempo necesario para que mi organismo se repusiera un poco. Algunos días después regresaba precipitadamente a Bamako. Mi periplo africano había concluido.

Paciencia africana

DAKAR-BAMAKO 1. Estos días se celebraba una famosa competición que tiene su final en Dakar. Esta crónica que inicio hoy, comienza en Dakar y termina en Bamako, capital de Mali.

Hora prevista de salida del autobús de Dakar-Bamako: las cuatro de la tarde. Sobre las cinco empezaron a subir el equipaje a la baca, grandes fardos, bolsos, hatos, sillas de plástico, una motocicleta. Era un vehículo excesivamente antidiluviano para correr ininterrumpidamente durante dos días por carreteras de dudoso tránsito, que en ocasiones desaparecerían en la oscuridad, convertidas en arena, charcos, enormes badenes difíciles de sortear, pero...

A las seis el autocar parecía estar casi listo, los viajeros ocupábamos disciplinadamente nuestros puestos con el autobús a pleno sol, dado que por razones inescrutables habíamos sido obligados a subir a él a fin de que no hubiera duda de que al menos el pasaje estaba en orden. Sin embargo desde la ventanilla veía cómo se acercaban nuevas carretillas llenas de fardos que de mano en mano se alzaban, más todavía, hasta la baca mientras los pasajeros limpiábamos de nuestras caras grandes chorreones de sudor. El mayor calor del mundo estaba en ese cacharro cerrado a cal y canto a la suerte de una climatización natural que procedía de unos ventanucos de medio palmo en lo alto del todo por donde se colaba una brizna de aire. Éramos setenta personas las que nos cocíamos a fuego lento dentro de estos hierros. Pasó una hora, el autobús tenía el motor en marcha desde hacía tiempo. Después dos hombres volvieron a subir a la baca para tirar de otra motocicleta hacia la cumbre de metro y medio que formaba ya el equipaje. Se añadieron nuevas sogas al cordaje anterior. Sospechando que iba a necesitar más agua de la prevista, bajé a comprar otra botella. A las ocho el autobús se puso en marcha, empezó a correr un poco de aire que aliviaba el calor agobiante. Torcimos por una calle y nos detuvimos en una gasolinera; media hora más. La ropa hacía tiempo que había empezado a despedir el olor acre propio de la situación; se oía el frufrú de los abanicos, unas sencillas superficies de palma trenzada cosida a un palo. El negrísimo cráneo del vecino de enfrente dejaba resbalar por su superficie regueros como de lluvia descendiendo por una cristalera. Hacía tiempo que se había hecho de noche. Arrancamos, doblamos por un par de calles y en unos minutos más entramos en un recinto que parecía una estación de autobuses. Lo era: la misma de la que habíamos salido media hora atrás.

Sobre las diez todo parece estar dispuesto nuevamente. El autobús se puso en marcha. Las afueras de Dakar eran a veces inmensos lagos donde los coches quedaban atrapados con el agua hasta el chasis. Por turno los vehículos van entrando en estos grandes socavones que cruzan la calzada, luego los motores rugen hasta el último resuello en su trabajo por salir al otro lado del hoyo. Algunos son empujados por los pasajeros con el agua hasta la rodilla. Tardamos una hora larga en salir de la ciudad.

Pasajeros pacientes éstos como no los había visto en ninguna parte del mundo, pensaba yo. ¡Cómo no iban a venirme a la cabeza aquellos rostros negros que los siglos de esclavitud dejaron sobre la memoria colectiva! El cerebro creaba sus propias asociaciones en función de la información acumulada desde la infancia, y el ambiente de sudor, de negritud en la oscuridad, no sugería otra cosa que los barcos que salían de la isla de Goré cargados de esclavos, camino de América.

El autobús paró numerosas veces por la noche, pero me había propuesto dormir por encima de todo, y dormí. Era un asiento casi vertical, como hecho incómodo a conciencia, además el compañero de viaje de atrás se empeñaba en meterme las rodillas por los riñones. Tampoco había mucho espacio, y los senegaleses eran gente grande. Me despertaba el calor en las paradas pero aun en ellas me esforzaba por no abandonar la postura erguida con la cabeza reposada en la parte alta del asiento. Había comprobado en otros muchos viajes, que esta postura aparentemente incómoda, era totalmente higiénica; podía llegar a dormir durante ocho horas con el resultado de un fuerte dolor de cuello por la mañana, pero era algo que se iba después con algunos ejercicios.

Algún niño lloraba de tanto en tanto. Entre sueños vi clarear la franja del horizonte. Pocos minutos después paramos en una calle de tierra roja. A ambos lados había dos largas filas de casuchas de madera de aspecto miserable. Los niños llevaban en las manos latas cilíndricas de chapa donde recogían la comida que les daban algunos pasajeros. Sólo había mendrugos de pan en ellas. Era necesario poner atención a donde se arrimaba uno: alguno de los poyetes están llenos de excrementos. Muchas mujeres ya no buscan un lugar discreto para orinar, lo hacen ahí mismo, sin ningún recato, con las ropas hasta la cintura.

Fuera había un campo verde plano salpicado de acacias; algún baobab se perdía en el horizonte. Atravesamos chabolas, un poblado con cabañas en forma de glande en medio del cual, atada a un palo, flameaba la bandera senegalesa. En el poblado se barría de mañana temprano el suelo de tierra batida.

Parecidos paisajes y razonamientos recordé entonces, eran los viajes por las zonas más míseras de América Latina: brutedad, ignorancia, falta de liderazgo, el provecho de unos cuantos, la extorsión durante siglos de los recursos del continente por los países ricos. Pero sobre todo la calamitosa historia de los Amines, de los verdugos de todo color, del provecho de unos pocos para encauzar la riqueza hacia sus bolsillos. Y sin embargo, ¿no le salvaba al mundo, en definitiva, la clase más emprendedora, aunque necesariamente ésta hubiera de valerse de aquellos con menos capacidad de iniciativa? ¿Sin ella habría sido posible un mundo como el nuestro?

El autobús no podía rodar sin detenerse a cada momento. Controles de policía, agua que echar en el radiador, comprobación de las ruedas, alguna meada... pero había otras muchas ocasiones en que no parecía haber causa aparente para ello. El paisaje era ahora una interminable pradera de hierba alta salpicada de acacias y esporádicos ejemplares de baobabs; también se ven enormes termiteros que superan la estatura de un hombre. Parada de mediodía. Los pasajeros se dirigieron a un chamizo de palma e hicieron cola ante una oscura habitación. También yo me acerqué. No había carne, ni pescado, ni verdura; sólo arroz, me decía Demba, un joven, negro como el betún, que a esta hora se había convertido en mi guía. Era senegalés e iba a buscar trabajo a Brazzaville, en Congo; el itinerario pasaba por atravesar Senegal, Malí, Burkina Faso y Benín, donde tomaría un avión rumbo al Congo; su compañero de asiento seguía un itinerario similar, aunque éste camino de Libreville, en Gabón. Los pasajeros salían todos con un plato de plástico lleno de arroz. Yo di cuenta de mis propias provisiones: un par de huevos cocidos, una mazorca de maíz y un plátano.

Departí un rato con un serio estudiante de Tombuctú. Los senegaleses hablaban continuamente de fútbol. Hice algunas fotos a Sandra, la simpática nena que regresaba de vacaciones, desde casa de sus abuelos, en Dakar, a la de sus padres en Bamako. Llevábamos dos horas esperando, nada se movía, los empleados de la aduana trabajaban diligentemente en sus papeles. Los senegaleses habían pagado cada uno mil cefas, el canon que exigía la policía para no revisar la montaña de equipaje de la baca; sin embargo había dos pasajeros que se negaban a pagar; tampoco dos muchachas de Nigeria estaban dispuestas a ello. Transcurrieron dos horas más antes de llegar a un acuerdo. Arrancamos. Minutos después, cuando el autobús no había recorrido apenas medio kilómetro, fue detenido de nuevo por la policía. Nos hicieron bajar. Nuevo control de pasaportes. Un buen rato más tarde el autocar retrocedió y quedó aparcado a un centenar de metros del puesto de policía. Algún imponderable desconocido impedía en esta ocasión viajar de noche. Todos los pasajeros formaron una larga fila sobre el talud de la carretera a la espera de acontecimientos, lo que aproveché para tomar una instantánea. De inmediato oí una voz imperativa que me llamaba:

—¡Monsieur, monsieur! —Ya está, en un abrir y cerrar de ojos vi la trampa, el poli de turno había encontrado una excelente disculpa para usurparme la cámara fotográfica, el sueldo de varios meses de cualquiera de ellos.

En efecto, ceñudo, haciendo teatro, me llevó hasta el garito de aduana. Entrando en el mismo, otro policía pretendió arrancarme la cámara de las manos; forcejeamos pero no la solté; me empujó violentamente hacia el interior del cuartucho donde otros dos atendían las diligencias de los pasajeros. Uno de ellos, sentado en el centro de la mesa, tiró de nuevo de la cámara con violencia logrando arrancarla en esta ocasión de mis manos y dejándola fuera de su alcance. Salté sin dudarlo tras ella por encima de las piernas del policía, que me agarraba del brazo y me miraba con suma indignación, posiblemente admirado de una respuesta tan desacostumbrada. No sirvió de nada que le explicara que allí no había ninguna toma de las instalaciones fronterizas, un conjunto de dos o tres chozas, que la fotografía tomada era de los compañeros de viaje, con un fondo en dirección opuesta a la aduana, que era muy fácil mostrárselo sobre la cámara. El policía exhibió una pose de ridícula dignidad. Me pidió el pasaporte con el cuello muy estirado y me dijo que esperara fuera. Después salió del garito y se dirigió a un lugar situado unos cincuenta metros más allá. Mientras, yo vigilaba la silla donde estaba depositada la cámara, junto a una ventana sin marco ni cristales que se me hacía sospechosa. El responsable del autocar volvió en ese instante con el policía; era un hombre grueso de aspecto decidido. Trató durante un rato de hacerle entrar en razón, pero éste terminó dándole la espalda. Retornó al garito, tomó la cámara y salió con mi pasaporte. Un grupo de mujeres se interesaban vivamente por el asunto, un círculo de gente alrededor expresaba su solidaridad a voces. Más allá había un boana repantigado en una silla de juncos de plástico frente a una pequeña mesa con restos de té. Vestía una camisa blanca con grandes manchas negras irregulares. Su aspecto indolente y distante indicaban que era el chef. Mientras apuraba un vaso de té ojeaba la cámara, el pasaporte; terminó pidiéndome el carrete. Aquello, le explicó Tomas, no tenía carrete, y cogió la cámara y la encendió. Por las ventanilla trasera iban apareciendo las tomas de las últimas semanas, escenas de la ciudad de San Luis, Dakar, la isla de Goré, algunos retratos femeninos. El rostro del chef adquirió cierta curiosidad satisfecha mirando las fotografías. Cuando llegó la última en donde aparecían los viajeros sentados en el talud junto al autobús, le dije: c’est tout. Se había formado un gran corro junto a la cámara, mujeres y hombres metían la cabeza para ver qué sucedía entre el policía y el viajero. El chef le devolvió al fin la cámara acompañándola con un breve discurso sobre la prohibición de hacer uso de la misma en determinados lugares oficiales. ¡Que no vuelva a suceder! dijo ceñudo, a modo de despedida.

Y la carretera, que se había transformado en asfalto unos kilómetros atrás, se hizo de nuevo pista tortuosa y polvorienta que llenaba el interior del autocar de pastoso polvo arcilloso. Media hora más tarde, unos bidones de hierro se interponían en mitad del camino. Otro puesto de policía. Todos abajo. Esta vez no había cáscaras, estábamos en un llano inmundo y polvoriento en donde no había siquiera un miserable techo donde guarecerse. No se pasaba y no se pasaba. A lo lejos el cielo se iluminaba por los relámpagos de la tormenta. Comenzó a llover débilmente, y en el horno del autobús era absolutamente imposible permanecer con aquel calor. Terminamos por rendirnos a la evidencia de que no había otra opción que la de tumbarse sencilla y llanamente en el polvo del camino y tener la suerte de que no lloviera. La cámara me sirvió de almohada, preferí no mirar donde me había tumbado. La noche era densamente oscura. El lugar quedó sembrado de bultos humanos entre los cuales los más agraciados eran los que llevaban encima las esterillas que usaban para sus oraciones a lo largo del día; sobre ellas dormirían. Yo no tenía Alá a quien encomendarme, así que me tocaría rebozarse toda la noche en el polvo. No olvidé elevar una plegaria al cielo para que los mosquitos no fueran muchos ni muy agresivos. La tormenta terminó por alejarse.

Y dormí bien, casi benditamente bien. De vez en cuando me despertaba y comprobaba que podía aguantar sin demasiados problemas las picaduras de los mosquitos; no darse por enterado, no tocarlas, no hacerles caso, refugiarse en el sueño; la maravillosa capacidad del hombre para adaptarse a la situaciones más dispares funcionaba bien en esta ocasión. Me alzó en la noche para ver el campamento barrido por la luna, un suelo sembrado de durmientes con la silueta de un autocar más allá, sobre el talud; nada se movía, no se oía ningún ruido. Me volvió a dormir, pero al rato me despertó un rumor de voces. Me incorporé, algunos hombres salmodian de pie los versos del Corán. La luna recortaba ahora sus siluetas oscuras contra el cielo ceniciento.

Cerca del alba, el estudiante de Tombuctú me golpeó en la pierna, Alberto, decía, bonjour, nous partons. Los durmientes se sacudían el polvo de la noche y caminaban ya como sonámbulos hacia el autocar. El pasaje se puso en marcha en medio de un silencio lleno de sueño.

Un hayedo al norte del Pirineo

Las hayas chorreaban aguas milenarias, lo habían estado haciendo durante cientos de años. Esos dos días y medio, esa noche, eran sólo una parte ínfima de aquella secuencia de nieblas y lluvias. Repicaba el agua sobre el tejado de pizarra con la misma aburrida reiteración con que las olas besan las arenas de la playa desde el principio de los siglos. Gruesos goterones atravesaban los numerosos huecos que el tiempo había ido abriendo obstinadamente entre las losetas de pizarra dejándose caer sobre los charcos del suelo de tierra con la monotonía exasperante de un grifo mal cerrado que alejara el sueño de un cuerpo cansado. Fuera, las hayas lloraban repletas de niebla y pena. Llegaba la voz anónima de un arroyo que corría entre la espesa hojarasca como un tímido que atravesara la vida de puntillas para no hacer ruido a su alrededor, un ruido amortiguado de tripas corriendo valle abajo con el corazón lleno de pena.

Los muros de piedras, apuntalados con gruesos travesaños de madera, combaban hacia el interior amenazando con devolver a la tierra de donde se habían alzado, quizás un siglo atrás, rocas, madera y pizarra. Apenas se sostenían en pie, pensé, mirando aquella ruina, cuando me asomé por la puerta en medio del aguacero. Con un poco de suerte no revienta estando yo dentro, calculé. Junto a la entrada, el suelo estaba seco, el único metro y medio de aquella ruina. En el exterior había una gran puerta de madera apoyada sobre el muro. La arrastré hasta el interior de la casa y la coloqué sobre el suelo. Después, algunos sillares desprendidos sirvieron para calzarla y obtener la sensación de cómodo hábitat protegido de la lluvia. Me cambié de ropa y la puse a secar en unos clavos sobre las traviesas que hacían de contrafuerte. Recostado sobre la jamba de la entrada fui masticando unas almendras mientras miraba la lluvia cayendo como una cortina de agua entre los robustos troncos de las hayas. ¿Cuántos días llevaba ya caminando? Lo había olvidado, en bosques como aquel, el país encantado de las hadas, era inútil tratar de llevar las cuentas al tiempo, éste se negaba a dejarse engañar por la rutina del paso de las horas. Quizás fueran dos o tres semanas, era lo mismo.

Algunas mañanas, del cielo brotaba el sol y la luz, y el calor inundaba las montañas y los neveros; otros se llenaba de relámpagos y truenos y el agua apagaba los colores hasta hacer del día la noche mientras en la escueta tienda de campaña, arrasada por el diluvio, el caminante hacía cuentas del día y de la salvaje belleza que lo visitaba en ese instante. A veces surgía una exclamación contenida de mis labios, que expresaba el placer ilimitado de estar vivo, mientras el cielo se desplomaba sobre mi tienda.

Luego estaban los días como el de hoy, lluvia y niebla suficiente para llenar el ánimo con el espesor de la nostalgia.

Me encontraba en la vertiente norte del Pirineo, un corredor de hayedos que atravesaba día a día, oyendo el agua plañir con una ternura irredenta.

El suelo bañado del bosque, cubierto por su manto de hojas pardas, parecía una esponja a la mañana siguiente. Había recogido el saco, digerido un buen poto de muesly con leche, hecho el macuto, y ahora era hora de ponerse en camino de nuevo. Caía un débil chirimiri que no resultaba desagradable; la pierna me molestaba discretamente. Los bastones en las manos se habían convertido en compañeros inseparables de mi caminar. Sólo unas pocas cosas para vivir, catorce quilos a la espalda, unas botas, unos bastones y la fuerza de una plenitud rondando el alma y el cuerpo; era todo lo que necesitaba esa mañana para seguir mi largo peregrinaje entre el Mediterráneo y el Cantábrico a través del Pirineo.

Parque Nacional de Denali

ALASKA. Recorríamos un país que en los últimos días recordaba una inmensa Asturias cubierta de lluvia y abetos. Era un paisaje dilatado, pesado, algo melancólico. El parque nacional de Denali ocultaba celosamente la cumbre del McKinley tras una masa de nubes. Abandonamos por primera vez el confort del coche, nos adentramos en las montañas con pertrechos para una semana. Tierra salvaje, tierra sin caminos, no había rastro de pisadas; como a la tierra la trajeron al mundo, igual. Fue duro caminar, pero la sensación de tierra inédita y salvaje era extraordinaria. El miedo a los osos alertaba nuestra atención. Los grandes ríos discurrían lunáticos y torrenciales divididos en largos brazos que cruzaban el fondo aluvial de valles que desaparecían tras las nubes. La lluvia nos recogió pronto en nuestra casa de tela. Lluvia que fue regalo de fondo para una larga tarde de lectura al final de una fatigosa marcha.

McKinlely, Alaska

Acampamos temprano junto a un riachuelo cantarín. Polychrome Mountains era el nombre de las montañas que ascenderíamos al día siguiente. El arduo trabajo de atravesar las masas de arbustos fue desapareciendo según se ganaba en altura; el blando y espumoso colchón de la tundra también quedó atrás; hacía arriba se elevaba una ladera de hierba rala ribeteada con una bella extensión de flores alpinas y pequeños arbustos de arándanos.

El paisaje que se abría, según ganábamos altura, era soberbio, de medidas colosales. Las grandes montañas nevadas y los glaciares cerraban por el sur el gran arco del horizonte. A nuestros pies cruzaban los grandes ríos de múltiples brazos, bajaban llenos de luz culebreando desde los glaciares abriéndose paso entre las morrenas o sobre el plano inclinado del valle aluvial. Desde la cumbre nos asomamos a las montañas próximas, áridas, desprovistas de vegetación, el filo de las estribaciones y las cumbres describiendo filigranas tonales sobre el lienzo de la mañana. Posé el zoom sobre sus laderas y recorrí uno a uno los rincones de los valles, desnudos, sobrios, como nacidos de un desierto de arena y roca. Tres horas de subida y una larga y afilada cresta al final asomada al vacío multicolor de los valles, nos habían dejado sobre un mirador que se volcaba como un espectador frente a un cuadro que recordaba las gamas tonales de las pinturas de Tapies. Al sur descendía una fuerte pendiente de rocas color caramelo: el tabaco, el tofe con leche, los matices enteros de un amarillo desvaído que iban cobrando fuerza y densidad hasta hacerse marrón empastado de burdeos.

Por ese paisaje desolado bajamos de la cumbre. Descendimos hasta quedar otra vez sobre los llanos blandos de la tundra. Las sendas que dejan los animales nos llevaron, dando un gran rodeo, hasta el prado donde habían instalado el campamento.

Parque Nacional de Denali, Alaska

El día se puso gris hacia el final y el iglú de tela se convirtió en una silenciosa biblioteca asomada a la corriente del río. Era día de cumpleaños. Sentí, allá, en lo alto, perdidos entre las montañas, la nostalgia metérseme por los rincones del alma; la llamada de los míos, muy lejos de allí, suscitó una repentina sensación de cariño y ternura; me bailó un título en la cabeza, escribí: Os quiero. Dejé un espacio en blanco sobre la libreta y a continuación reseñé una lista de nombres: hijos, sus chicas o chico, algún amigo; continué:

“Os quiero. Así terminaba el último correo de mi hijo mayor. Hemos colocado nuestra tienda en lo alto de un promontorio desde donde se divisan todos los valles adyacentes, a lo lejos está el ancho caudal del río Toklak, cuyo volumen de agua nos ha obligado a dar un gran rodeo. Cuatro horas de caminar duro sobre una tundra de altos arbustos y laderas encenegadas. Nos topamos con un inmenso caribú a pocos metros, algo más allá un águila nos miraba casi apaciblemente posada sobre la hierba.

Se cubrió, después de la comida me tumbé junto a nuestro iglú de material sintético y dejé que la lluvia, un orvallo claro y silencioso, me cayera sobre la cara. Miraba las nubes, los montes de enfrente.

Recordé detalles, en la memoria siempre otros detalles vuestros, mi gente. Después me dediqué a acariciar esos sonidos que titulan el comienzo de esta crónica de viaje de hoy: os quiero. No sé, son las palabras de Guille de ayer, os quiero; me gustan, me dejan el corazón tierno. Puede ser que el caudal de ternura baje a veces con mucha más fuerza y anegue en su ímpetu los prados circundantes. La fuerza de la ternura puede con el rubor, rompe con la timidez y se abre en la mañana de hoy como una flor plena de ganas de vivir.

Os quiero. Miraba a las nubes, cerraba los ojos y me dejaba atrapar por las imágenes que me traían, os quiero. Distintas, heterogéneas, se aproximaban a mí por los cuatro puntos cardinales. Detrás de un beso de despedida hay siempre un te quiero, cierto, pero en este caso era un sonido cristalino de campanillas alborotadas.

Polychrome Mountains, Denali, Alaska

El orvallo arreció y empezaron a sonar secas las gotas sobre mi ropa. Me metí en nuestro iglú sintético. No sé qué voy a hacer cuando se caiga de viejo este iglú, es nuestra salita de los caminos, el viejo iglú de las grandes tormentas del Pirineo, de los aguaceros, de los intenso fríos del Parinacota en los Andes; seguro que el lugar más acogedor del entero Parque de Denali. Ahora las gotas golpean sobre su tela tensa, es un repiqueteo suave que despierta la música de cientos de días y noches amparados al calor de esta bóveda de un metro cuadrado.

Es una tarde larga; aquí, en medio de las montañas más salvajes de Alaska, a la vera del McKinley, el gran señor de este continente que se rodea de glaciares y ríos tumultuosos. La soledad, el descanso que brota del cuerpo como un dulcísimo compañero de viaje, por fuerza nos termina contagiando con las energías elementales de la naturaleza. Os quiero, os quiero montes, os quiero aguas, os quiero nubes, lluvias. El vuelo ampuloso y tranquilo del águila esta mañana, el plácido yantar del caribú, las perdices de ala blanca, esos osos que vamos espantando a voces cuando nos metemos entre los altos arbustos (normas básicas para andar por estos caminos), todo canta esta tarde la misma música.

Y el canto que nació al abrigo de un chirimiri en la tundra necesariamente vuela hoy sobre estas tierras, la isla de Baffin, el Atlántico entero, para despertar a toda la familia.

Continúa lloviendo, el tic, tac sobre nuestra bóveda de poliéster suena suave como una nana. Atardece.

Un beso.”

En días posteriores el cielo se cerró apretadamente sobre las montañas y caminar fue chapotear continuamente sobre una superficie mórbida en donde los pies se hundían para salir chorreando agua. El paisaje había desaparecido tras la grisura intemporal de la niebla. Rehiciemos el camino de vuelta hacia la pista embarrada que recorría el parque del Mackinley.

Junto a un lago, al frente, sobre el agua —una ligera ondulación en ella— las laderas de abetos disolviéndose en la niebla, nos rodeaban cuatro o cinco abetos robustos. Conduciendo hacia el oeste habíamos entrado en la península de Kenai, un típico y bello paisaje nórdico en el dominio de los hielos. Las laderas nevadas comenzaban un poco más arriba de la carretera, el asfalto corría adornado por dos anchas líneas violetas de arvejillas. Los fiordos, el agua calma de los lagos, las laderas perdidas entre las nubes desfilaban apacibles sobre un fondo envueltos en música de Haydn.

En la proa andina

VENEZUELA. MÉRIDA. Esta mañana, tras el desayuno, no encontré otro lugar más apropiado en que adentrarme que los alrededores del pico Bolívar, en los Andes Venezolanos, muy cerca de la ciudad de Mérida. Unas semanas antes de nuestra llegada a Manaus, había generado un tipo de convicción que corría paralela a esos descubrimientos puntuales que los instantes de inspiración producen de vez en cuando. Entonces fue la necesidad de vivir el presente lo que se me impuso en medio de la nevada y del doloroso esfuerzo por llevar el aire a los pulmones. Una convicción surgida del dolor como una exigencia interior en donde el sufrimiento podía representar su papel en pie de igualdad con la belleza estética o con la satisfacción lúdica de sentir el cuerpo trabajando orgullosamente durante horas de penosa subida.

Puesto de policía de Los Nevados, Venezuela

Finalizada la excursión era agradable rememorarla con los pies en un barreño lleno de agua. Habíamos partido del pueblo de Los Nevados con noche cerrada; mucho antes de que los gallos echaran a cantar ya íbamos camino de los cuatro mil trescientos metros del Alto de la Cruz. Noche de ligerísima luna con un Orión en mitad del cielo que más parecía, como consecuencia de nuestro cambio latitudinal, que estuviera echándose la siesta que yendo de caza. Era curioso ver en esta parte del hemisferio las constelaciones en poses tan desacostumbradas.

Primera parada a las tres horas, la segunda una hora más tarde; empezaba a notarse la altura, las laderas se habían llenado de los anunciados frailejones, planta de aspecto aterciopelado, con un ostentoso rosetón de pétalos amarillos; sus hojas lanceoladas, de un delicado verde blanquecino, se elevaban como una gran flor de loto. Los frailejones trepando por la pendiente, sembrando las oscuras laderas con sus tonalidades afelpadas y algodonosas, sustituían aquí a la paja brava de los Andes Bolivianos que adornaban el páramo como si de pequeñas llamas se tratara. Junto a los frailejones vivía una hermana de la dafne acaulis del Pirineo y los Alpes, una pequeña flor muy olorosa con cuatro pétalos de un rojo intenso tirando a burdeos. Me paré, el bufido de los bronquios se remansó un tanto, contemplé el cielo que poco a poco se había ido tragando las cumbres de los alrededores. Al fondo se veían atravesar gruesas nubes sobre los collados, caían como olas hacia este lado sobre los valles altos de Los Nevados. Devoramos las extremidades de un pollo, estaba seco e inapetecible.

Alto de la Cruz, Venezuela

Después de una segunda parada comenzó a nevar, la temperatura descendía según íbamos ganando altura; el ruido de los pulmones se hacía más violento. Era bonito ese paisaje que se abría y cerraba con la niebla y que rayaba con su cortina de nieve el exuberante manto vegetal de la alta montaña. El paso era necesariamente muy lento; en lo alto, todavía lejos, una cruz marcaba el punto más elevado de nuestra ascensión de hoy; su silueta se fue acercando poco a poco. El cuerpo me pedía descanso pero me impuse llegar allá arriba sin volver a pararme; Victoria era un punto pequeño unos cientos de metros más abajo. De entre el cansancio y los copos de nieve surgió una pequeña certeza, la de concentrar toda mi atención en lo que sucedía en mi cuerpo entero; hacía rato que mis pensamientos rondaban en torno a la idea de intensificar la vivencia del presente. El concepto parecía tener más posibilidades según transcurrían el tiempo. Me agradaba ahondar en ella, me esforzaba por convertirla en una forma de vida más allá de la enunciación de un concepto. Aplicaba algo del andamiaje teórico a esa lucha por respirar y por mantener un esfuerzo continuo; contemplaba los músculos de mis piernas, intentaba ver cómo estaban trabajando; observaba mis bronquios; miraba al paisaje, y desde dentro de mi cansancio, me sentía feliz como un niño. Las sensaciones de peligro se van desvaneciendo con la experiencia, uno entra en comunión con los elementos, con la naturaleza plena de estas alturas, consigo mismo, con su presente, como quien descubriera en el paisaje cotidiano un crepúsculo imprevistamente bello... No existía nada en el mundo que tuviera verdadera importancia en esos momentos; los ojos sorbían las circunstancias excepcionales de esta proa andina en donde nos encontrábamos -y que tenía su larga popa en Tierra del Fuego- y, aunque nevaba y hacía frío, había consuelo para todo, me puse unos calcetines de guantes, que no tenía, y me las apañé para sacar la cámara sin que se mojara -imposible perder la oportunidad de fotografiar lo inmediato, los frailejones, la niebla, los troncos de rojo fuego de unos árboles desconocidos-. Exhausto, hice tiempo en el collado esperando a Victoria que también luchaba para hacer llegar suficiente oxígeno a su pecho. La vi aparecer como un fantasma amarillo en la horca del collado. Nos sentamos, la hago partícipe de ese presente continuo de que estoy lleno esta mañana, y ella asiente con una sonrisa. Por un rato descendemos bajo la nevada trenzando y destrenzando esta idea del presente que teníamos que aprender a vivir, que tan sustancial nos parecía a veces y que en tantas ocasiones habíamos sobrevolado vaciándolo de significado por el hecho de nombrarlo en exceso asociado a bagatelas, cuando no a esa necesidad de huir de la angustia del tiempo.

Frente al Pico Bolívar

Frailejones

¡Qué hermosa es la montaña! Hoy, mientras charlamos descendiendo el collado en medio de esta nieve amiga, el pico Bolívar insinuándose a nuestra derecha, sentí muy fuerte contra mis entrañas el calor de los hombres y las mujeres que llamamos familia, amigos, novia, amante. ¡Qué poder el de los elementos, el esfuerzo, el cansancio!

Había que seguir bajando; vi asomarse dos lagunas a mis pies por encima de unas flores azules sobre las que se alzaba la llama blanca de los frailejones. Nos esperaban tres mil metros de desnivel para llegar a nuestro destino. Dejó de nevar, nos cruzamos con unos arrieros, charlamos. El pollo volvió a hacer acto de presencia; queso, jamón york, una manzana. Si encontramos un lugar apropiado más abajo haremos el descenso en dos días, no hay prisas, quizás las nubes se levanten y podamos contemplar los picos Humboldt y Bolívar. A mitad de camino nos tropezamos con la casa de Pedro Peña, el nieto del primer escalador del Bolívar. Nos habían hablado del lugar y tuvimos la idea de que podríamos pegar la hebra durante un buen rato, pero... el hombre joven que era el tan Pedro Peña resultó excesivamente tímido, no respondía a ninguna de nuestras bromas, esa especie de compadrazgo que tan bien funciona en los lugares poco habitados y que invita a la gente a rajar y a sentirse más cerca. Ese hombre dice cosas como que allí siempre hacía frío, que no era un lugar agradable. Nos ofreció té, pero su actitud y su manera de hablar como un adolescente con la mano frente a la boca, lo que hacía ininteligibles sus palabras, nos decidieron a marcharnos. Quedaban tres horas de descenso por un bosque encantado que se transformaba continuamente según íbamos perdiendo altura; el camino, desagüe natural muy apropiado, se convertía más abajo en un jeroglífico de cárcavas que en algún momento tuvimos que escalar. La vegetación, exuberante en todo momento, cubría las cárcavas y el camino hasta transformarlo en un difícil jeroglífico. Llegamos al valle al final de la tarde; el pueblo estaba en fiestas, pueblo con cerveza, pueblo con buseta que nos llevaría entrada la noche a nuestro hotel. Una, dos, tres, cuatro cervezas con el culo en tierra firme era una justa recompensa para el final de una caminata de doce horas.

el fasto vaticano

GUATEMALA 2. A la tarde, la débil luz de la habitación me impide seguir con la lectura de Chomsky; me tomo una tableta de chocolate, un vaso de leche, me enchufo los auriculares a Mussorsky, y agarro el portátil. Encontré la letra courier, le puse la negrita y enseguida me pareció que estaba con el clac, clac de la máquina de escribir golpeando sobre el rodillo de goma. Viejos tiempos aquellos de la pequeña máquina que tantos trabajos sacó adelante y que mis hijos se rifaban ahora como lujo paleolítico de la escritura.

Vi al Papa a través del zoom de trescientos, ocupaba todo el rectángulo del objetivo, estaba encorvado, con la cabeza inclinada a un lado, tenía aspecto de sumo cansancio; el papamóvil atravesó por delante de nosotros a una velocidad desconsiderada, poco cortés diría yo, para la multitud que se había apostado en las calles durante horas esperando el paso del Santo Padre. Seguía detrás del papamóvil un microbús lleno de “personalidades” eclesiásticas; varios de ellos sonreían melifluamente y hacían gestitos de saludo con las manos desde su sonrisa profidén. Los coches doblaron rápidamente por la calle de la izquierda y se perdieron en otro codo que los dejaba en la Nunciatura. Inmediatamente un triple cinturón de policías acordonó la entrada a la calle. El Papa quedaba debidamente enlatado. Durante toda la mañana, jóvenes universitarios habían engalanado todo el pavimento de las calles por donde pasaría con dibujos y pinturas en bajorrelieves fabricados con serrín de distintos colores; los regaron durante horas para que mantuvieran sus formas y no fueran arrastrados por el viento. Primorosas filigranas, trabajo minucioso probablemente preparado durante semanas para homenajear al “Mensajero de la Paz”. El coche de este mensajero pisoteó a una velocidad de visto y no visto toda aquella alfombra primorosa. Y los gilipollas de bonete rojo sonreían y meneaban la mano a la multitud que llenaba la calle, mientras el público miraba perplejo en qué habían quedado sus expectativas.

Trabajo rutinario de masas. Masa distante, carne de cañón. Ceremonia de la confusión. Burócratas de sotana roja o blanca. Si Jesús se levanta y ve esto le da un patatús. Parece como si unos pocos programas de televisión, un Papa, y el uso medianamente inteligente de los medios de comunicación fueran capaces de tragarse los pocos metros de dignidad que un pueblo puede desarrollar.

Incontenible emoción, lágrimas, cuadros para una exposición antropológica en donde se encierran muchas de las claves del comportamiento de la humanidad. Era imposible no ver la mentira, me decía, este papamóvil impoluto y limpio llevando el mensaje de la esperanza al pueblo pobre, mísero, al que vienen esquilmando y chupando la sangre desde los tiempos de Cortés; un papamóvil lindamente acompañado por Ríos Mont como representante del dinero, de la masacre indiscriminada de los años ochenta (hoy presidente del Congreso y aspirante a la Presidencia en las nuevas elecciones). Esperpéntico. Banderitas, emblemas, aplausos, ojos húmedos.

Por la tarde, mientras me cortaba el pelo, miraba en la televisión los preparativos en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Méjico, lugar a donde se desplazaría aquella tarde el Papa viajero, santuario donde los devotos siguen arrastrándose décadas tras décadas de rodillas por el empedrado hasta los mismísimos pies de la virgen, junto al altar mayor. Se mencionaban muchos millones de pesos, en esa ocasión la curia romana andaba en déficit, no habían podido encontrar promotores suficientes que sufragaran los gastos; se hablaba de negocios, el gran negocio de la bisutería y las estampitas que sigue al Papa en todas sus correrías. Era imprescindible recordar a todos los grandes promotores del culto a la personalidad del siglo XX y, con ello, claro está, el papel de los medios en la fiesta de la confusión.

Realizamos buenos retratos en aquella ocasión, eran los retratos de siempre, hombres, mujeres, niños que veían pasar la vida como si ésta fuera un juego de magia y el espectáculo a donde iban les mostrara la suerte que corrían los conejitos y las palomas dentro del ancho gorro del prestidigitador de ocasión. Se trata de un pueblo ingenuamente crédulo, allí todavía un señor gordo puesto en mitad de la plaza era capaz de mantener en vilo a un gran círculo de adultos con el juego de ese conejo-servilleta que brinca solo al impulso del dedo índice de su cuidador, ese truco de toda la vida que hacía el vecino de mi suegra a mis hijos cada vez que caíamos por allí de visita.

Los señores del Norte y los señores de Roma van a seguir teniendo a este pueblo bajo su bota de hierro durante mucho tiempo todavía. El Papa les habla de que los ángeles hacen pipí desde el cielo, mientras desde Gringolandia un feroz vigilante mira continuamente bajo la cama de Guatemala para que no se le filtre ningún socialista que pueda poner en peligro el dinero del tío Sam.

El espectáculo de entonces, la fastuosidad vaticana, la del Estado de gala en el aeropuerto, era indigno e irrespetuoso en un país donde el sesenta y cinco por ciento de la población vive por debajo del índice de pobreza, o donde el noventa y cinco por ciento de las mujeres indígenas son analfabetas. Un treinta y cinco por ciento de analfabetos en todo el país era un terreno abonado para una exhibición como la de aquel día.

Esperando al Papa

GUATEMALA 1. Dolor de tripas, sí; algo así fueron nuestros primeros días en Guatemala, quizás el humor, el ánimo de un país pueda compararse al humor que uno arrastra como alma en penitencia durante tantos días de la vida. Sólo que hay países que parece que nunca vayan a despertar del mal sueño de un ánimo envilecido por la historia, los gringos o el pandemónium católico. Habíamos llegado a la capital sin tiempo para buscar hotel y, teniendo en cuenta la prevista llegada del Papa para el día siguiente, nuestros temores de no encontrar alojamiento hicieron que no nos demoráramos en su búsqueda; así pues, de cabeza al primero que encontramos. Hotel Guatemaya, un pasillo estrecho, un verja al fondo; se abre la verja, cuatro o cinco metros cuadrados, un cuchitril rodeado de cristales, sólo queda una habitación, cincuenta y cuatro quetzales, baño común.

Tomamos la llave, subimos una escalera que se cae a trozos, echamos un vistazo al baño: paredes rotas, una cortina con mugre de muchos años; en un rincón un retrete, unos pocos chorizos flotan indolentes en la superficie amarronada de su interior; dos pilas de medio metro cuadrado, una con agua sucia hasta el borde, restos de pelos, espuma, un paño oscilando en su superficie como un iceberg. Del grifo caen lentas unas pocas gotas de agua. Giro la manilla, el mecanismo emite un suspiro, un gloglogló que se va por las tuberías como con pena. En el suelo hay un enorme charco de agua. Pasamos a la habitación. Colchas rojas, un somier de tablas con un colchón de gomaespuma de tres o cuatro centímetros de grosor. Un letrero: no manchen las paredes; una de ellas es de cartón piedra. El ruido del tráfico de la calle viene matizado por una trayectoria que debe subir por el muro de la fachada, bajar, atravesar un patio cubierto de uralita, en cuyo fondo está encendida una televisión de colores, y filtrarse por fin por dos de los agujeros de los cristales rotos de la habitación.

La colcha roja servirá para tomar a la mañana siguiente un par de bellas fotografías de Berta mientras hacía desnuda sus ejercicios de gimnasia matinal. Hay poca luz; en el lienzo del visor, sobre la base roja de la colcha, se levanta el esmalte azul de la pared, las sábanas revueltas; en un lateral, cercano al eje central, el cuerpo de ella, los brazos al frente, el pecho prominente, el estómago retraído. La luz entra débil por el lateral derecho y modela suavemente los hombros, la espalda. El fotómetro marca un tiempo demasiado escaso, mantén la respiración, quieta, le digo. Creo haber visto esa tela roja sobre el crema de la sábana en algún lugar, quizás en David. Disparo y sigo con mis ejercicios de yoga, pero un momento después vuelvo a abrir los ojos, y en la cama opuesta, vuelvo a encontrar esa extraña mezcla de rojo, blanco y azul, con el cuerpo reconcentrado de ella en medio. Habitaciones de hotel barato, rastros de texturas y colores agolpados; el encuentro inesperado de la vista con las formas y los matices, momento ese en que la realidad se abre como una flor y nos regala la belleza de una composición.

Por las mañana los chorizos siguen indolentes en el mismo lugar que la noche anterior. El agua de la ducha, que ha sonado como un riachuelo cercano desde antes del amanecer, probablemente porque no había forma de cerrar la llave, deja caer una hilera de gotas ininterrumpidas cuando nos levantamos. Me siento en el lugar de todas las mañanas y el metrónomo del grifo acompaña a mi ánimo en el ir y venir de mis reflexiones. Se me encoge el estómago; pocas veces vi tanta decrepitud reunida, no pobreza, no, que eso es otra cuestión.

Bajaré enseguida para encontrar otro hotel por los alrededores y me encontraré en recepción gente amable y sonriente (el dia anterior habíamos preguntado por el agua; sí, hay varios baños, pueden ustedes bañarse todo lo que quieran) que me saluda desde el medio metro cuadrado del chiringuito acristalado de la recepción con la deferencia de quien cree haber cumplido con todos los requisitos para hacer que los clientes se sientan a gusto. Se me pasan por la cabeza los chicles pegados en el pavimento, el suelo que no ha debido de ver un fregona en una larga temporada, las centenares de señales de cigarrillos quemados en los muebles, una larga y negra telaraña que cuelga del techo encima de mi cama; y les miro y me encanta que los empleados del hotel sean tan amables y considerados.

Tengan cuidadito, nos había advertido anoche la camarera que nos había atendido tranquila y amablemente, tengan cuidado que hay mucho criminal suelto. Saqué la navaja, la tuve la mano, caminamos por el centro de la calle que ya empezaba a vaciarse de gente y subimos a la habitación después de atravesar la estrecha reja que nos cerraba el paso. Por la mañana la calle ya es de todos, el tráfico era fluido. Recorrí algunos hoteles, en la mayoría me atendían a través de la reja que separaba la calle de la recepción. Me muestran algunas habitaciones, un cubo oscuro sin un mísero tragaluz, no, no tienen ventanas, me dicen con la mayor naturalidad del mundo; en otro me cruzo con una mujer desnuda que lleva arrollada una toalla blanca en el cuerpo, me enseñan una habitación, sí, si tiene ventanas, me había dicho, las ventanas dan a un estrecho pasillo; enfrente cuatro servicios con las puertas abiertas de donde se escapan los olores propios de las deyecciones matinales de los clientes; casi no me da tiempo a mirar, retengo la sensación desagradable que me sube por el estómago, me cruzo con gente que se acaba de levantar, doy los buenos días amablemente, huyo, me marcho lo más deprisa que puedo con una sonrisa de cortesía anclada en mi cara. Hay hoteles mejores, algunos doblan el precio que hemos pagado la noche anterior, me hago enseñar una habitación, no mejoran en mucho a las otras, un jeroglífico de escaleras, en todos los rincones objetos abandonados, puertas de waters abiertas de par en par, la sospecha de que en alguna de las revueltas me voy a encontrar con algo inmundo e indefinible.

El ruido que producían los automóviles era estruendoso. Por fin logro que me enseñen algo habitable, quiero luz, le digo al encargado, mucha luz, el señor me indica una habitación: ¡vaya, puede pasar!, y, con un tono que no oculta un fondo un tanto socarrón, me dice, ve, desde aquí puede usted ver toda la calle, toda la gente que pasa. ¿No tiene otra con más luz? Me mira paciente y termina mostrándome la habitación de al lado, no se puede tener más luz, dice ahora, y va y me abre, en el achaflanado rincón de enfrente, una puerta que da a un balcón con vistas a dos calles laterales. Es una enorme sala de paredes sucias, pero me gusta; echo una rápida ojeada al baño, hay un pequeño charco en el medio, imagino enseguida que podremos limpiarlo sin problemas. ¿Agua? sí, sí y me abre el grifo para que lo compruebe. En fin, que ya teníamos hotel.

Ahora sólo quedaba descansar un poco y tomarnos la mañana tranquila a esperar la visita del Papa. Nos esperaba día de Papa, día de misa multitudinaria y, por supuesto, día grande para hacer retratos sin restricción de una muchedumbre alelada ante la voz cansina y de sonsonete del Santo Padre, que volaba desde Roma para dar el toque a sus ovejas que en los últimos años se están pasando en masa a las iglesias de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y a La Iglesia del Verbo (la de Ríos Montt que en los ochenta se cargó a miles de indígenas impunemente). Mundo de locos. Los americanos, avanzadillos ellos, temen que lo poco católico que merece la pena, los movimientos de la Teología de la Liberación, pueda estorbar su estrategia económica y social, y busca arietes que le vayan abriendo el camino, los evangelistas, ya da per tutto en Latinoamérica se convierten de esa manera en los guardadores de los intereses de la madre patria. Así que allí estaba el Papa por tercera vez, apacienta tus corderos, apacienta tus ovejas, probablemente a decirles a las masas que sigan teniendo muchos hijos, aunque sea en el cubo de la basura. Había sido totalmente inesperada esta coincidencia con el Papa, show sociológico que desde luego no nos íbamos a perder.